La cocina de la innovación 2

19 abril 1999 (Expansión)




         “Que inventen ellos” dijo Unamuno a finales del siglo XIX, como un grito desgarrador frente a la imposibilidad de nuestro país de incorporarse a la modernidad, tras la pérdida  de su oportunidad de sumarnos a la revolución industrial iniciada en el siglo anterior.

         Esta posición derrotista ha calado durante muchos años, no sólo entre los intelectuales sino también en la opinión pública y, consecuente mente, en la política industrial de nuestro país. Mientras que los países industrializados del norte de Europa debían especializarse en el desarrollo de los medios necesarios (productos y servicios) para la vida moderna, los del sur, herederos de la tradición greco-latina, deberían hacerlo en su correcta  utilización.

         Sólo los bárbaros del norte, según los tilda Luís Racionero, son capaces de actuar con una orientación basada  en una ética de sacralización del trabajo y, por lo tanto, con una focalización en la persecución de la mejora de la productividad y la competitividad. Los del sur, con una lógica más hedonista, serían los que sacarían partido de su esfuerzo y su imaginación, dando correcto uso a sus invenciones para la mejora de la condición humana.

         La realidad es que perdimos el tren de la revolución industrial y nos convertimos en buena parte, en un “país taller” fabricante, con mano de obra barata, de los inventos que los otros realizaban.

         Sin embargo cien años más tarde de la frase antes comentada, nos encontramos con un país con otra mentalidad que ha sabido realizar, durante los últimos años del siglo, un esfuerzo gigantesco para acercarse a los países de su entorno. Pero con un déficit estructural en materia de innovación. Todavía tienen que “inventar ellos”.

         Como muestra bastan los datos de gasto en I+D que en nuestro país llevan estancados desde hace varios años sin superar la barrera del 1% del PIB, mientras que en la UE esta cifra es del xx%.

         La competitividad internacional de las empresas industriales españolas se ha basado en la reducción de precios, muchas veces conseguidos por la aplicación de políticas cambiarias devaluatorias. Con la moneda única europea la única posibilidad de mejorar la competitividad está en la innovación, bien sea aplicada en la mejora real de los costes o en la incorporación de mejoras sustanciales en la calidad y prestaciones de los productos.

         De ahí la importancia que tiene la innovación, en todas las áreas de la tecnología, para el desarrollo de nuestro país. Pero adicionalmente nos encontramos ahora en los  inicios de una nueva revolución que está basada en la utilización intensiva de las Tecnologías de la Información que, afectando de forma horizontal a todas las industrias,  permiten la introducción de mejoras en los productos y los propios sistemas productivos, pasando a ser la fuente más importante de incremento de la productividad y de la competitividad.

          Como muestra del dinamismo de este sector de las Tecnologías de la Información se puede decir que los gastos en I+D son en España del 3,5% del PIB mucho más elevados que la media nacional, pero aún muy lejanos de los xx% de la UE.

        Esta vez España no debe perder el tren de esta nueva revolución y tiene además condiciones objetivas y de actitud que permiten ser optimistas en este sentido. Pero con esto no basta, es necesario disponer además de un entorno que impulse el desarrollo de una industria fuertemente innovadora. En este sentido es muy oportuna la nueva ley de Innovación, siempre y cuando seamos capaces de incorporar en ella medidas “atrevidas y valientes” en apoyo de los esfuerzos inversores en innovación que necesariamente deberán realizar nuestras empresas.

       Y no debe olvidarse tampoco la necesidad de desarrollar instrumentos financieros que apoyen estas iniciativas, sobre todo en un país en el que no se ha fomentado el espíritu emprendedor.

   Hoy existen en España empresas innovadoras y competitivas con un alto grado de internacionalización, que demuestran que es posible participar como miembro destacado en esta nueva revolución industrial. Pero aún son pocas  para poder disponer de un tejido industrial suficiente para poder decir que ahora también “inventamos nosotros”.


  Josep M. Vilà Solanes

  Director General de INDRA



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