Décimas a la decadencia de la monarquía

27 diciembre 2015


Décimas a la decadencia de la monarquía


Don Francisco de Quevedo escribe estas décimas como parte de su crítica política, siempre ácida y mordaz, dirigidas en esta ocasión al conde-duque de Olivares, valido del rey Felipe IV, que era lo que hoy podríamos llamar el presidente del gobierno. Y por lo que en ellas expresa podría también considerarse una crónica de rabiosa actualidad. Comienzan así:


          Toda España está en un tris

          y a pique de dar un tras,

          ya monta a caballo más

          que monta a maravedís.

 

Estas primeras estrofas constituyen el resumen de su pensamiento que, después, desgrana y justifica en el resto de la composición. En definitiva que España anda mal y que puede ir a peor. No el país, cuyo concepto es posterior a su época, sino la corona; que incluía, según rezan los títulos de presentación del monarca: el reino de Castilla y León, el de Aragón, el de València, el de Mallorca, el de Portugal, el de Sicilia, el de Nápoles, el de Cerdeña, el ducado de Borgoña y el condado de Barcelona. Aunque él prefería que le llamaran rey de las Españas.

De ahí el título de la composición “ Décimas a la decadencia de la monarquía”, es decir de la monarquía de Felipe IV de Castilla que era, por cierto, Felipe III en Portugal y en los reinos de la antigua corona de Aragón.

Particulariza el autor que los males, de la monarquía y su gobierno, radican en qué gasta y luce más de lo que tiene y puede. En las crónicas oficiales se habla siempre de sus grandezas, a caballo, pero poco de sus dificultades para financiarlas, con maravedís, lo que acaba provocando la bancarrota de la monarquía de Felipe IV en 1627, 1647, 1652 y 1662.

Rescatadas, otras tantas veces, por los banqueros alemanes y genoveses, que se hicieron con las entradas de oro y plata procedentes de las colonias castellanas de América, a cambio de reestructurar la deuda, en “juros” permanentes. Práctica que continuó en todos los monarcas siguientes, lo que hizo la deuda insostenible hasta que tuvo lugar la amortización de Mendizábal en el siglo XIX.  

Parece que poco ha cambiado en los últimos tiempos a este respecto, denunciado por Quevedo, incluidos los rescates europeos. Pero hay algo más en la sagaz crítica de don Francisco. La décima sigue así:

 

           Toda es flamenco país

           y toda cuarteles es;

 

Es decir tierra de bravucones, chulería y soldadesca, que se ha perpetuado así hasta el siglo XXI, donde las provocaciones, insultos y bravatas siguen configurando, todavía, buena parte de la política y la actividad pública. Concluye la primera décima con:

 

           al derecho o al revés

           su faz alterado han

           el rebelde catalán

           y el tirano portugués.

 

Aquí expresa las inquietudes que le embargan principalmente: los catalanes y los portugueses. En en efecto en 1640 los nobles portugueses apoyan una declaración unilateral de independencia y proclaman a Juan de Braganza como su rey. Por su parte Pau Claris, presidente de la Generalitat de Catalunya, consigue ese mismo año que la “Junta de Braços”, hoy diríamos las Cortes, se declare en rebeldía y apruebe la constitución de la República Catalana.

Pero todas estas nefastas acciones las considera fundamentalmente una consecuencia del mal gobierno del privado del rey que, como el gobierno actual de España, no sabe escuchar ni aplicar las políticas adecuadas. Quevedo lo refleja de esta forma en la siguiente décima:

 

           Todos del Conde, a mi ver,

           se quejan por varios modos,

           y pues dél se quejan todos

           razón deben tener;

 

La queja generalizada es, para el autor, síntoma de mal gobierno y causa del desasosiego y malestar de los súbditos, como dice a continuación:

 

           La verdad debe de ser

           que el insufrible dolor

           del excesivo rigor

           de tributos y de pechos

           se aumenta más con despechos

           de Ministro superior.

 

Desgastada y agotada Castilla por la guerra europea, llamada de los 30 años, la monarquía se pone a explotar a los otros reinos de la corona con nuevas leyes y tributos.  La que más inquieta es el decreto de la Unión de Armas que pretende reclutar soldados, pechos dice el poeta, en otros reinos de la corona para luchar en guerras europeas que les eran ajenas. Además ambas cosas atentan contra los fueros de los reinos periféricos de la corona  lo que hace soliviantar, especialmente, al rebelde catalán del Principado. Por eso añade esta otra décima:

 

          Cataluña, lastimada

          con marciales desafueros,

          suplicando con sus fueros

          está ya desaforada;

 

El saltarse los fueros provoca la repulsa de las cortes del Principado y, ante esta rebeldía, el conde-duque las suspende en 1632. Vaciada de contenido foral, hoy diríamos de capacidad autonómica, el diálogo y las relaciones institucionales de la monarquía con la Generalitat se hace cada vez más difícil. Lo que se  indica muy bien en la continuación de la décima:

 

          que suele tal vez, negada

          a los vasallos la audiencia,

          apurarles la paciencia,

          e irritada la lealtad,

          perder a la majestad

          el respeto y la obediencia.

 

Las sucesivas quejas de la Generalitat son desoídas y tratadas con despecho y, finalmente, tras los desmanes de las tropas castellanas,  de paso por el Principado para ir a luchar contra las francesas, se produce la revuelta social “dels  Segadors” que, hábilmente convertida en revuelta política, culmina con la pérdida del respeto y la obediencia a la majestad de la corona y la, consecuente,  declaración de la República Catalana por primera vez en su historia.

Quevedo no ve solución a estos problemas y se desahoga en las últimas estrofas de la obra, que resultan tener, por otra parte, un carácter altamente premonitorio:

 

         y con buena o mala ley

         que  se quedan me parece,

         el catalán, con sus trece

         y Juan de Braganza, rey.

 

Como así ha sido: los portugueses se han quedado con su monarquía independiente, de la casa de los Braganza, hasta su conversión en república a principio del siglo XX; y los catalanes con sus trece,  fracasando e intentándolo de nuevo una y otra vez, durante más de trescientos años.

Los tiempos cambian, las costumbres mudan y las culturas entremezclan pero, tal parece que, las actitudes de los pueblos, que se propagan por la educación de generación en generación, son más obstinadas y difíciles de domesticar.

Y durante este tiempo otro Felipe, el V, acabó con los fueros de los catalanes y fundó una monarquía absoluta unificando derechos y deberes, iniciativas e intereses, lengua y cultura de todos sus súbditos. Y ahora un nuevo Felipe, el VI, insinúa que quizás no fuera tan mala la idea de volver a ser rey de las Españas, como decía su antecesor Felipe, el IV, pero esta vez en serio. Nos quedaremos con la incógnita de saber si a Quevedo lo tranquilizaría o, si al contrario, lo haría revolverse en su tumba y ratificar lo ya dicho.

© Josep Vila 2014