El Pasaporte

Amman (Jordania) 2000

4/1/2009


Por fin conseguimos ponernos de acuerdo las seis parejas. No fue fácil, pero el próximo viaje seria para visitar Siria y Jordania. Ambientes exóticos, cargados de historia y con un cierto riesgo, aunque controlado, que confería un mayor aliciente a nuestra escapada. En aquellos momentos aún mandaba en Siria el presidente El Assad y sus tropas disputaban a Israel Los altos del Golán. Y en Jordania todavía seguían refugiados cientos de miles de palestinos y aún estaba por ver la política del nuevo rey Hassan, el sucesor del rey Hussein.

No era el viaje que ninguno habría deseado pero al fin estábamos todos de acuerdo en hacer uno, aunque el resultado fuera el híbrido de todas las aportaciones transaccionales aportadas. Triunfó la tesis de uno de nosotros que consiguió diseñar un viaje que no dejaba ni un palmo del recorrido sin visitar y ni un segundo del tiempo para descansar. Esto fue parte de las dificultades que agravaron mi aventura personal, como se verá más adelante. A cambio otro, más sensato, consiguió introducir el concepto del “guía acompañante”, ya que si no queríamos ir en un viaje organizado junto con otras personas, ni era conveniente ir solos por nuestra cuenta en unos territorios tan conflictivos, no había más remedio que ir acompañados por un profesional todo el viaje. Esta oportuna transacción de última hora fue la que, en buena parte, mitigó el lío en que estaría envuelto.

En definitiva el viaje resultó ser lo que todos habíamos esperado: unos buenos ratos para conversar continuamente interrumpidos por numerosísimas paradas para efectuar visitas, que resultaron ser realmente interesantes. La penúltima visita era Petra. La mítica Petra de numerosas lecturas y reportajes que habíamos contemplado y admirado.  Así que, después de un interminable recorrido por castillos de moros y cristianos que jalonaban la ruta de los cruzados, llegamos a un magnífico hotel, antigua posada de caravanas, situado en las cercanías de Petra. Cenamos y nos fuimos a dormir.

Por la mañana mi mujer y yo nos preparamos para la excursión estrella. Buen calzado, pantalón corto, una camiseta ligera, y, naturalmente mi sombrero de alas anchas. Y con la mínima impedimenta posible: las cámaras, el dinero y las tarjetas de crédito, la documentación y una guía. Ahí empezó el problema: ¡el pasaporte no aparecía! Revisé todas las maletas, bolsos y bolsillos, pero el pasaporte seguía sin aparecer. Pensé que, seguramente, se habría caído en el minibús que nos había transportado hasta el hotel.

Desayunamos y se lo comenté al guía, que para estos menesteres nos acompañaba. No pestañeo ni dijo nada pero puso la mirada de: "otra vez me ha tocado el turista idiota". A pesar de que casi le doblaba la edad, por un momento me hizo sentir como un alumno regañado. A continuación salimos, radiantes y alegres, dispuestos a visitar la ansiada Petra.

Recorrimos el siq a pie hasta llegar a la entrada con el magnífico espectáculo del monumento llamado el Tesoro recortado por la estrecha brecha del siq. El guía nos dejó justo en la entrada, como el que deja a sus alumnos en el patio del recreo, y se marchó seguramente a efectuar el encargo que le solicité.

Efectivamente la visita no nos desilusionó, al contrario Petra era más bella e intrigante de como aparecía en todas las referencias que habíamos consultado. Como suele pasar con las cosas realmente hermosas. Después de recorrer todo lo que pudimos y de subir y bajar escaleras a pleno sol, quedamos exhaustos y hambrientos así que nos fuimos al restaurante que nos había indicado nuestro guía.

Se trataba de un restaurante de buffet abierto por lo que nos lanzamos como fieras hambrientas hacia los espectaculares bandejas de la comida que todos los días nos tenían acostumbrados, pero este día nos parecía mucho más apetitosa. Apenas habíamos comenzado a llenar nuestros platos cuando apareció el guía.

En cuando me vio, me dijo que tenía tres noticias que darme y una propuesta. La primera noticia era que el pasaporte no había aparecido ni en el minibús, ni en el hotel, ni en hotel anterior, ni en ninguna parte. No tuve más remedio entonces que explicar a mis compañeros el problema del pasaporte, para consternación de todos. Se produjo un tenso silencio y el guía prosiguió sin inmutarse, pero con un cierto destello de felicidad. Seguramente la que da la sensación de superioridad, o quizás de venganza reprimida.

La segunda noticia era que, cómo teníamos que tomar el avión de vuelta al día siguiente por la noche, no se tenía mas remedio que pedir un pasaporte, provisional o temporal, en la embajada española de Amman, para que pudiera salir del país. Un compañero dijo que él conocía al embajador y que si hacía falta hablaría con él. El guía negó con la cabeza, ya que había comprobado que el embajador estaba de vacaciones. Todos seguimos más callados que antes y el guía prosiguió.

La tercera noticia era que mañana era viernes y consecuentemente día festivo en los países islámicos como Jordania. Y añadió que como todo estaba cerrado, incluida la embajada, no podrían hacerme ningún pasaporte. Volvió a hacer una pausa que aproveché para pensar lo que pasaría si me tenía que quedar: conseguir un vuelo de retorno mucho más caro, más costes de hotel y estancia adicional. Pensé que lo que se pudiera pagar con dinero no era lo más grave, lo peor sería la bronca de mi jefe que me había dejado marchar una semana a regañadientes, pero con la condición de estar de vuelta el próximo lunes para resolver un tema muy importante y urgente para la compañía. Pero esto no era nada comparado con lo que realmente podía haber pasado como se verá a continuación.

Por último, considerando que el terreno ya estaba suficientemente abonado, soltó su propuesta: La única alternativa posible era ir esta misma tarde a Amman donde, a través de la Agencia de Viajes, ya había concertado con un funcionario de la embajada para que se quedaran una hora más y me diese, de esta forma, tiempo a llegar para que me hiciera un pasaporte. El tiempo era muy justo porque Amman estaba a 200 Km. pero él ya lo tenía todo calculado para que, si no había incidentes, se pudiera llegar a tiempo a la embajada. Entonces sonrió, no se si se le escapó la risa o que ya empezaba a saborear la venganza que había preparado para castigar al turista torpe.

Mientras pensaba lo que debía hacer, le empecé a decir que si podía pasar por el hotel a cambiarme de ropa antes de salir. Pero no me dejó continuar. Repitió que el tiempo era muy justo y añadió que no podía ni siquiera comer lo que me había servido en el plato. Debíamos partir ya, con los medios que había dispuesto para tal fin. No había discusión posible, me despedí de mi esposa y amigos, y me puse en sus manos.

— Lo primero — dijo — es subir al “taxi” que ya tengo preparado.

Me extrañó porque no había visto ningún vehículo en todo el recinto. Efectivamente no había ningún vehículo en la puerta del restaurante, pero él me señaló a dos burros enjaezados, que estaban al pie de la escalera, y se subió en uno de ellos. Yo sin dudarlo me subí al otro. Se giró y me dijo, con cierta sorna, que era la forma más rápida de cruzar Petra para llegar al siq de la entrada.

Me pareció genial y como no tenía otro remedio que seguir el plan trazado sin opción a cambiar nada, ni a opinar, me relajé y me dispuse a disfrutar todo lo posible. Sin aún yo saberlo, ya empezaba la aventura.

A pesar de estar reventado de cansancio, de no haber podido comer y de que caía el más intenso sol de mediodía, estaba entusiasmado contemplando los fantásticos e insólitos monumentos que aparecían en cada tramo del recorrido. Primero pasamos por el Cardo Màximo, luego giramos dejando al fondo las tumbas excavadas en la roca y finalmente alcanzamos el Teatro.

Al llegar a la boca del siq nos esperaba un árabe con dos caballos preparados. Montamos y cruzamos el angosto siq a caballo. Aquello era fantástico, la mejor experiencia de Petra. Me giré para ver la imagen del Tesoro labrada en piedra, recortada por los bordes del siq. Yo, montado a caballo y enfundado en mi sombrero de alas anchas, me sentía realmente: "Indiana Jones en busca del pasaporte perdido”. Fue el último estallido de felicidad.

Pasado el siq seguimos a caballo hasta la población más cercana, donde descabalgamos. El guía me dijo entonces que, para conseguir un nuevo pasaporte, era imprescindible efectuar una denuncia de la desaparición del anterior. Así que nos dirigimos a una destartalada edificación que parecía ser una comisaría de Policía. El policía de la puerta, que sólo hablaba en árabe, parecía saber a que habíamos ido y nos acompañó a un despacho del interior. Quizás porque el guía y la Agencia ya lo habían preparado convenientemente, o quizás porque los turistas acuden siempre a por la misma razón.

Al poco rato entró el que parecía ser el jefe, no sólo por el mayor número de galones de su camisa, sino también por su mayor tamaño corporal y por el trato despótico con que trataba a los otros. Se sentó y gritó algo mirando a una máquina de escribir que estaba sobre un armario. Le contestaron también a gritos y todo parecía indicar que la máquina estaba estropeada.

Kaput, the typewriter is kaput — me dijo esbozando una media sonrisa de disculpa. Nuevos gritos y apareció otro policía con unas hojas amarillentas de papel, otra negra de papel de copia y un bolígrafo. Se sentó y se preparó para ejercer sus funciones de typewriter sustituta.

El jefe dictó los prolegómenos del informe pausadamente, para facilitar la escritura al policía amanuense. Luego se dirigió a mí y me preguntó, en un deplorable inglés, sobre mi pasaporte.

— Me lo deben haber robado — intenté decir, pero la mirada incendiaria del guía me lo impidió, y antes de que el jefe levantara, la cabeza para fulminarme con la suya, repetí la frase modificada.

— Lo debo haber perdido. — La tensión cedió, ya que quedó claro que en la jurisdicción del jefe nadie se atrevería a robar nada, mientras que sí era posible que un tonto de turista perdiera hasta su pasaporte.

Acabó el escrito con mi nombre y la fecha. Lo revisó el jefe y me lo pasó para que lo firmara. Estaba naturalmente escrito en árabe con una letra bastante regular pero totalmente ininteligible para mí. Le dije al guía que yo no firmaba nada sin saber de que se trataba, así que exigía una traducción al inglés. El guía me hizo dos consideraciones: la primera era que no tenían traductor de inglés en la comisaría y la segunda era que, aunque lo tuvieran, nadie iba a garantizar que la traducción fuera correcta. Esta segunda consideración era innecesaria a la vista de la primera, pero me puso manifiesto claramente la precaria situación en que me encontraba. Firmé y el guía miró ávidamente su reloj y, por la cara que puso, deduje que no parecía que tampoco fuéramos bien en este tema.

El jefe firmó el documento a continuación, lo selló parsimoniosamente y me entregó una copia. Inesperadamente amagó con no dármela. Como sea que él esbozó una sonrisa yo también esbocé una, o mejor lo traté de hacer pero no me salió. Miré con el rabillo del ojo al guía.

— Es una broma. Síguele la corriente — me dijo en voz baja sin perder la compostura.

Puse entonces cara de preocupación y él me dio de nuevo la copia soltando una carcajada. La cogí la más rápidamente que pude mientras que él gritaba algo a los policías que recogían el material de encima de la mesa. Tras esta innecesaria humillación salimos casi corriendo y nos dirigimos a una parada de taxis que estaba enfrente.

El guía me hizo saber entonces que él había sido contratado para acompañar a un grupo y que se debía a su conjunto, no a un miembro sólo, por lo que no me podía acompañar el resto del trayecto. Así que me dio una dirección escrita en un trozo de papel y me metió en un taxi. Era un buen profesional y sabía que al día siguiente tenía que acompañar al grupo, o lo que quedara de él, a visitar el Wadi Rum la última excursión del viaje. Sin decirlo, me pareció que no contaba conmigo para dicha excursión.

Con el papel que me dio el jefe de policía en una mano y el papel que me entregó el guía en la otra y con el corazón en un puño, también hay que decirlo, me acomodé en el taxi. Me tranquilizó inicialmente que el conductor, a pesar de que no sabía inglés, por sus ademanes daba la impresión que entendía la dirección que le leí directamente del papel que me entregó el guía.

Como no tenía otra alternativa me dispuse a pasar las tres horas previstas de viaje hasta Amman de la forma más relajada posible. Encontré en el fondo de mi bolsa la guía de Petra cuya lectura me ayudó a llenar parte del tiempo, la otra parte la pasé durmiendo. Y como precaución en ningún momento me entretuve en pensar que pasaría si algo pudiera ir mal.

Cuando anocheció ya estábamos entrando en Amman. Yo no suelo llevar reloj cuando voy en un viaje organizado, por la inutilidad del mismo, ya que hay que hacer lo que dice el programa independientemente de la hora que marque tu reloj. Así que en esta ocasión esta costumbre también me ayudó a quitar tensión, porque ni sabía la hora que era ni tampoco la hora límite en que me esperaban en la embajada, porque no me lo habían dicho. De todas formas la oscuridad que me envolvía presagiaba que debía ser una hora bastante avanzada.

El taxi se fue metiendo por calles cada vez más angostas. Intenté descubrir por dónde circulábamos con la ayuda del minúsculo mapa que aparecía en la guía, pero fue totalmente inútil. Finalmente el vehículo paró y su conductor hizo señas de que habíamos llegado a nuestro destino. Leí de nuevo la dirección que me había facilitado el guía, pero era inútil porque me era imposible saber donde me encontraba ya que todas las calles estaban rotuladas en árabe, como era de esperar.

Bajé del taxi y vi que todas las tiendas de los alrededores estaban cerradas y que no había nadie que circulara por las aceras a quién preguntar, tarea por otra parte destinada al fracaso. Así que escogí la portería que parecía más centrada, en relación a la posición donde me había dejado el taxi, y empujé la puerta. Estaba abierta. Subí por una angosta escalera y llegué a un rellano con una puerta con un letrero que parecía anunciar una oficina. Pasé sin llamar. En su interior había varias personas que, al verme con mi indumentaria de turista y con mi sombrero de alas anchas en la mano, se pusieron en pie.

— Is him! — gritaron casi al unísono en un mal inglés y corrieron hacia el interior a buscar al jefe, con el que aparecieron enseguida.

Era un hombre delgado de mediana edad, vestido con camisa y corbata que, al verme, dio un brinco hacia atrás, se enfundó su americana.

— Camon. Hurry up — me dijo. A continuación me llevó casi a rastras y me metió en un coche que estaba aparcado junto al lugar donde me dejara el taxi. Aceleró y nos perdimos en las angostas calles por donde había venido. Tras un buen rato de conducción en el que apenas nos dijimos nada, aparcó frente a una tienda que era la única que aparecía con luz en toda la calle.

Un hombre nos esperaba en la puerta y en cuanto nos vio empezó a hacer ademanes y a dirigir reproches a mi acompañante. Entramos, y por las fotos que decoraban las estanterías, supuse que se trataba de un fotógrafo. Efectivamente al final de la estrecha tienda estaba preparada una cámara de fotos profesional, montada sobre un trípode, y un foco  encendido. Me explicó que para hacerme el pasaporte necesitaba unas fotos y me indicó donde debía sentarme. Me senté e intenté poner una cara normal pero no lo conseguí, como pude comprobar al ver las fotografías que me entregó tras una breve espera.

— Let's go. Hurry up — dijo ansioso el jefe de la Agencia y salió corriendo hacía el vehículo aparcado. De nuevo transitamos por angostas calles pero al cabo de un rato las calles se hicieron más anchas y cuidadas. Pensé que sin duda estábamos circulando ya por el barrio de las embajadas. Y así debía ser porque paró el vehículo junto a una mansión rodeada por una alta tapia, que supuse debía ser la de la embajada española.

Una pequeña puerta de servicio se abrió en la tapia y apareció un hombre en mangas de camisa, bajo y bastante grueso ya que apenas podía pasar por dicha puerta. Se dirigió gritando al sufrido responsable de la Agencia, supongo que también quejándose de nuestra tardanza. Luego me miró a mí, que acababa de bajar del coche.

‑— Bueno. Pasen, pasen — me dijo en un perfecto castellano. Sin duda se trataba del funcionario de la embajada que debía atenderme. Respiré hondo y pensé que, aunque con retraso, el plan del guía estaba funcionando perfectamente. Pero estaba muy equivocado.

Entonces el funcionario empujó la pequeña puerta por donde había salido, pero ésta no se abrió. Al parecer se había cerrado automáticamente accionada por un muelle. El funcionario se metió una mano en el bolsillo derecho, luego la otra en el izquierdo, sacó ambas con las que se golpeó los bolsillos de la camisa, se giró hacia nosotros y gritó. No hacía falta saber árabe para comprender que la puerta estaba cerrada y que las llaves las tenía en la americana que se había dejado dentro de la embajada.

Ambos se pusieron a gritarse mientras que yo los contemplaba atónito a una prudente distancia. ¿Habría acabado aquí mi intento de conseguir el pasaporte? No, el ingenio mediterráneo, aunque fuera el de la parte oriental, vino en mi ayuda. Los dos callaron de repente y me dijeron, uno en inglés y el otro en castellano, que había que saltar la tapia. Lo haría el gordo del funcionario mientras que el jefe de la Agencia y yo le ayudaríamos a trepar. A estas alturas de la historieta ya no me sorprendía nada, así que les seguí sin decir nada e incluso llegué a pensar que podía ser divertido.

El gordo empezó a subir por nuestras pantorrillas, luego siguió por las caderas, puso sus rodillas en los hombros, luego los pies y empezó a saltar sobre ellos, y finalmente a jadear. Por mucho que lo intentaba no conseguía alcanzar el borde de la tapia. Volvió a bajar por donde subió y, secándose el abundante sudor que corría por su frente con un enorme pañuelo, volvió a enzarzarse en una discusión con mi acompañante.

De nuevo llegaron a un acuerdo. Había que utilizar uno de los bancos que decoraban la acera. En efecto entre los árboles que había en la acera de la calle se podía ver, a pesar de la poca iluminación existente, un banco de madera con soportes metálicos.

— ¿Por qué no? — pensé — Parece una buena idea.

Nos dirigimos hacia el banco y con gran esfuerzo conseguimos arrastrarlo hasta arrimarlo bien a la tapia de la embajada. Volvimos a repetir la operación, esta vez el acompañante y yo nos habíamos subido previamente al banco. Primero Se subió por las pantorrillas, luego por las caderas, alcanzó los hombros y, cuando tenía mi cabeza apretada contra el muro, mi cara aplastada a su pierna y le aguantaba su culo con mi mano derecha; entonces, de repente, ¡todo se iluminó! y oí un griterío seco y contundente como una traca de cohetes.

En unos segundos, que me parecieron horas, giré la cabeza con dificultad y conseguí sacar mi ojo derecho de detrás de la pierna del gordo, sin dejar de aguantar su culo. ¡No me lo podía creer! Estábamos rodeados de por una docena de policías militares impecablemente uniformados que nos apuntaban con sus negras metralletas, con unos enormes cargadores laterales, y que nos iluminaban con sus potentes linternas. Tras el inicial, y comprensible aturdimiento, me puse en su lugar. "Tres hombres, dos en mangas de camisa y un tercero con camiseta y calzones cortos, estaban en plena noche tratando de asaltar una embajada". Estaba claro: ¡no tenían más remedio que intervenir!

Los siguientes segundos, que también parecieron horas, los pasé pensando en la nueva situación en que me encontraba. Los policías se enfrentarían con dos indocumentados, el funcionario y yo, uno de los cuales era extranjero. También se encontrarían con una excusa idiota para explicar por qué estábamos asaltando la embajada por la noche y en víspera de fiesta. Lo mínimo que podía pasar sería que nos llevaran al cuartelillo de la policía para que expusiéramos todas las circunstancias, en detalle, para poder esclarecer los hechos. Y como el día siguiente era festivo y yo no podía avisar a nadie, la consecuencia era que: un par de noches en el calabozo no eran descartables. Además de perder el viaje de vuelta a casa.

Cuando volví a la realidad pensé que lo más urgente era no empeorar la situación por lo que lo más prudente era no hacer tonterías, moverse lentamente y obedecer lo que me pudieran decir, aunque no lo entendiera. Así que comenzamos a descargar lentamente nuestro “castell de dos” y a bajar con cuidado del banco. Los policías se mantenían, mientras tanto, a una prudente distancia sin decir nada, sólo nos apuntaban con sus metralletas e iluminaban, o más bien deslumbraban, con sus linternas.

Cuando bajamos nos pusimos en pié con los brazos en alto. Para mi espanto mi acompañante y el gordo se pusieron a gritar, y los policías más aún. En ese momento creí que lo que pasaba no era real y que en realidad estaba actuando en una película mala de serie B. Así que, a pesar de estar en pié y con las manos en alto, y rodeado de policías encañonándome con sus armas, me lo estaba pasando muy bien. La prueba de que era una mala película de serie B fue que, inverosímilmente, al cabo de unos minutos de griterío mutuo, todos callaron y los policías bajaron las armas. La mayoría regresó a vigilar las otras embajadas del barrio y se quedaron cuatro de retén, supongo que para vigilarnos a nosotros.

Me hubiera gustado entender la conversación para saber como nos salimos de aquello, pero ninguno de ellos me lo contó porque había otras cosas más urgentes que hacer. La primera era volver a cargar el “castell de dos” encima del banco que por la inquietud de tener como espectadores a circunspectos policías que nos iluminaban con sus linternas, nos hizo ser más torpes de lo que cabía esperar, dada la práctica que ya teníamos en estos menesteres. El gordo esta vez consiguió alcanzar la cornisa y con nuestro apoyo saltar al otro lado de la tapia. No se con que fortuna porque se escuchó claramente un quedo chasquido de plantas tronchadas y un sordo retumbe de tierra golpeada. Sin embargo el siseo de la gravilla, que se escuchó a continuación, nos indicó que había conseguido levantarse y finalmente el “clik” de la puerta nos indicó que nuestra operación había concluido con éxito. Al menos hasta el momento, porque yo todavía no tenía mi pasaporte.

El funcionario gordo abrió la puerta y nos invitó a pasar. Los tres recorrimos el jardín, o las sombras de lo que se suponía debía serlo, dado que la única luz procedía de la entrada principal del edificio de la embajada. Estábamos eufóricos y envueltos en un ambiente de franca camaradería, fruto de la unión que produjo las acciones precedentes y su correspondiente descarga de adrenalina. Charlábamos animadamente cada uno en su idioma y lo entendíamos todo. Pero esta camaradería no duró más allá del recorrido del jardín, por los hechos que sucedieron a continuación.

Cuando llegamos a la mansión, el funcionario nos hizo pasar a una pequeña sala lateral mientras que él desaparecía por la puerta principal. Al cabo de unos minutos se abrió una ventanilla en un mostrador situado al fondo de la sala. Por la ventanilla apareció la sudorosa cabeza del funcionario. Me miró y dijo:

— Así que quiere hacerse un nuevo pasaporte. — Yo estaba a punto de contestarle: "No, en realidad venía a pedir la recomendación de un buen restaurante para cenar" pero me contuve.

— Sí, quiero hacerme un nuevo pasaporte — contesté de la forma más amable posible.

— Llene, por favor, estos impresos — y me alcanzó unos papeles oficiales, que completé y devolví.

— Muy bien, muy bien… — los revisó y continuó — ¿tiene la copia de la denuncia realizada?

— Si, aquí está. — La leyó concienzudamente y la aprobó con un ligero movimiento de cabeza. "Menos mal" pensé "un problema menos."

— Bueno… ¿y las fotografías?

— También las tengo — y se las pasé a través de la ventanilla.

— Perfecto… — las miró y dijo entonces — de acuerdo, déme ahora su Documento Nacional de Identidad. 

Hasta ahora todo iba bien, pero ahí me pilló. Me quedé desconcertado. No tenía conmigo el DNI, ni esperaba que me lo pidiera.

— Bueno, yo…... — balbuceé un poco —– cuando viajo llevo sólo el pasaporte para identificarme, el DNI lo uso mientras estoy en España.

Se quedó petrificado.

— No se preocupe porque se me el número de memoria — dije inocentemente.

— ¿Cómo que  no trae el DNI? ¿Cómo quiere Vd. que lo identifique para poder hacerle el pasaporte? ¿Se han vuelto todos locos? —– gritó y asomó la cabeza por la ventanilla mirando hacia la silla donde se encontraba el jefe de la Agencia, en busca de ayuda o explicación, ya que era él quién le había metido en esa situación.

Pero éste ni siquiera le miró porque estaba totalmente abatido y derrotado, y tan mal sentado sobre la silla que más parecía un montón informe de tela y huesos. Seguramente pensaba que después de la ejecución de un plan tan detallado y perfecto, y de superar las dificultades que inesperadamente se habían presentado, resultaba que ¡el estúpido del turista no tenía la tarjeta del DNI! Ni se le había ocurrido decirlo antes, con lo que se hubiera ahorrado tanto esfuerzo. Así que no sabía que decir ni que hacer. Sólo estaba allí sin poder evaporarse y desaparecer, como hubiese deseado.

Yo tampoco sabía que hacer, ni podía realmente hacer nada, porque toda lo que poseía estaba en mi cartera formando parte del somero bagaje que utilizaba en viajes de este tipo. Y allí no estaba el DNI. La situación volvía  a ser surrealista: un hombre derrengado en una silla, una cabeza calva que surgía de una ventanilla y yo, en pie, en medio de ellos. Todos callados y petrificados.

De nuevo estaba como al principio. Sin pasaporte y, consecuentemente, sin la posibilidad de poder salir del país en el vuelo previsto. La gravedad de la situación me hizo efectuar una proposición creativa e imaginativa, aunque totalmente absurda.

— Tengo otras tarjetas que a lo mejor le sirven — dije en voz baja. Los ojos de la cabeza que salía por la ventanilla recuperaron por un momento una chispa de brillo y giraron en sus órbitas para mirarme. Yo continué con mi propuesta.

— Tengo la tarjeta DiINERS, la de VISA y la de IBERIA Plus, la de los puntos — puntualicé.

El funcionario recuperó su cabeza, metiéndola lentamente dentro de su despacho, y se quedó pensativo. El hecho de que no me dirigiera una imprecación a gritos, ni me mordiera directamente el cuello, lo consideré una buena señal. Miré al jefe de la Agencia que seguía sin cambios en la misma posición y nuevamente al funcionario que seguía mudo y pensativo. Probablemente ponderaba que todo el esfuerzo realizado quedaría en nada si no lo completaba. Sudaba más que cuando estaba intentando trepar por la tapia de la embajada. Yo también y no digamos el jefe de la Agencia.

Finalmente se volvió hacia mi.

— Déjemelas ver  — dijo.  Las saqué de la cartera y se las di.

Las observó muy pensativo y al poco rato me devolvió la tarjeta DINERS, quizás porque le pareció un tanto norteamericana o extranjera para el fin a que estaba destinada. Luego me devolvió la VISA de la “Caixa d'Enginyers”, quizás por una razón semejante, o por parecerle poco adecuada para lo que tenía que hacer. Y finalmente se quedó con la de IBERIA Plus, que le debió parecer más oficial, al fin y al cabo se trataba de una empresa estatal española.

— Bueno… —susurró y desapareció con todos la documentación recopilada por una puerta lateral que había en su despacho. Por la ventanilla se podía ver el destello de unas luces y se empezó a oír el ruido de unas máquinas. Indudablemente empezaba el proceso de producción del ansiado pasaporte.

El jefe de la agencia volvió poco a poco en sí y recuperó la compostura. Yo me senté enfrente y nos dedicamos a oír los satisfactorios sonidos y los sugerentes destellos de luz que llegaban hasta nuestro habitáculo. Pasaron los minutos, primero rápidamente y luego más lentamente y, cuando ya llevábamos algo más de media hora, empezamos a hablar. Las sucesivas descargas de adrenalina nos habían dejado muy relajados. Hablamos primero de banalidades sobre su país y costumbres y después pasamos, poco a poco, a hablar de los intereses y problemas de nuestros respectivos hijos. La hora y media que tardó en aparecer, de nuevo, la cabeza del funcionario por la ventanilla no se hizo demasiado pesada. Nunca supe por qué tardó tanto tiempo pero, en aquel momento era lo que menos me preocupaba.

El funcionario farfulló algunas palabras entre las que entendí lo que debía pagarle y así lo hice. Entonces puso unos sellos y me entregó mi flamante pasaporte, con una amplia sonrisa. La primera que me dedicó en todo el rato que compartimos. Nos acompañó de nuevo a través del jardín hasta la fatídica puerta y se despidió de nosotros sin hacer ningún comentario adicional.

El jefe de la agencia me acompañó hasta una parada de taxis para que pudiera regresar a mi hotel. Le agradecí efusivamente todo su esfuerzo y entré en el taxi. Mientras me despedía, me mostró tabién una amplia sonrisa, creo que medio de satisfacción por el deber cumplido y medio de alegría por perderme de vista.

Ya en el taxi, salimos de la ciudad y enfilamos la carretera de regreso. Yo apretaba en mi bolsillo el pasaporte conseguido y disfrutaba de haber culminado con éxito mi objetivo. Pero como en el juego no se puede cantar victoria hasta no llegar a la casilla final.

La excitación me impedía dormir y la falta de luz imposibilitaba releer la guía otra vez, así que no tenía más remedio que mirar las luces de los pocos vehículos que circulaban aquellas horas de la noche. De pronto me pareció ver unas luces oscilantes a lo lejos pero justo en la calzada delante de nosotros. Al poco rato se veía claramente que se trataba de unas linternas que nos hacían señales de parar. Y, al llegar junto a ellas, vi. un jeep militar atravesado en nuestro carril de la carretera y unos policías con su impecable uniforme y con las metralletas, que ya conocía, apuntando hacia nosotros.

De nuevo me asaltaron todos los temores. ¿Se trataría de un control rutinario? ¿Buscarían a alguien en concreto? ¿Debería explicar el por qué mi pasaporte llevaba fecha de hoy? Todo era posible. Otra vez surgió la imagen del cuartelillo de policía donde tendría que dar explicaciones.

Los policías se acercaron y miraron al interior del taxi iluminándome con sus linternas. Luego indicaron al conductor que saliera y se lo llevaron unos metros delante del coche. Les vi gesticular y mirar hacia mí. A los pocos minutos el taxista volvió al coche y me dijo que la policía nos había parado porque su capitán tenía que ir a su casa en Ma'am y querían saber si podíamos llevarlo con nosotros. Al parecer esa población no estaba demasiado lejos de nuestro destino.

Di un respiro de alivio: ¡no venían a por mí ni a por mi pasaporte! Además el llevar con nosotros a un capitán de la policía me parecía el mejor salvoconducto posible. Le dije inmediatamente que sería un placer el poderlo acompañar. El taxista así lo comunicó a los policías y del interior del jeep apareció un militar de edad madura y aspecto elegante que se dirigió hacia nuestro vehículo. Después de darme las gracias, en un perfecto inglés, se acomodó junto al chofer.

Era el prototipo del oficial inglés: alto, delgado, con bigote y ademanes bien cuidados. Efectivamente me explicó que había estudiado en Inglaterra en la academia militar y me habló también de su familia, durante la agradable conversación que mantuvimos durante el trayecto. A medio camino hizo parar el vehículo, demostrando así sus dotes de mando, ya que él era simplemente un invitado en este viaje y el que debía dar instrucciones al chofer era yo. Me alarmé, pero la parada era precisamente para invitarme a tomar un té y unos pasteles en un típico bar de la carretera. Se lo agradecí profundamente ya que era la primera comida y bebida que tomaba desde que salí del hotel por la mañana.

Finalmente nos desviamos del camino y, siguiendo sus instrucciones, le dejamos en su casa, un piso en un barrio bastante humilde por cierto, y continuamos nuestro camino hasta llegar al mi hotel. Despedí el taxi y corrí hacia mi habitación donde encontré todavía despierta a mi mujer que me estaba esperando, no sin cierta ansiedad, dado las altas horas de la madrugada que eran.

Le expliqué mi peripecia en busca del pasaporte y todas las incidencias que la habían salpicado. Lo hice con gran excitación como era natural y, cuando terminé, le mostré triunfante el pasaporte que había conseguido. Se lo mostré como un gran trofeo, como un cazador que enseña la cabeza del tigre abatido, o como Indiana Jones que presenta el Santo Grial conseguido. Mi mujer que me había escuchado con mucha atención todo el relato, a su vez, me mostró: ¡mi pasaporte! Lo había encontrado dentro de mi maleta, traspapelado entre las hojas de una guía de Jordania.

Por un momento me quedé callado. Ella también porque no sabía si reírse ya o esperar a que yo lo hiciera primero, para no herir mis sentimientos. Pero no me reí porque, en realidad, no había color entre el pasaporte que yo tenía, conseguido a través de incontables aventuras y sufrimientos en parajes desconocidos, con el que me mostraba ella, conseguido por una prosaica y simple búsqueda sin moverse de una habitación de hotel. Di gracias a Dios de que no haberlo encontrado antes de salir  de visita hacia Petra, ya que no habría podido degustar el placer de la incertidumbre y la aventura, cosa poco habitual en los viajes más o menos organizados. Así que decidí continuar con mi valiosísimo nuevo pasaporte y volví a traspapelar el antiguo entre las hojas de la guía.

 

Josep M. Vilà

4/1/2009

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