La canoa

Parque Nacional de Palo Verde (Costa Rica) 1997

16/11/2013


Estábamos instalados en un magnífico hotel que estaba formado por bungalows dispersos por una ladera situada entre la carretera y el mar y cerrada, por los lados, por campos de golf. El transporte interior entre los restaurantes, piscinas y salones, se hacía mediante pequeños vehículos eléctricos y coches de golf.

Por la mañana fuimos a la playa que formaba parte de la bahía del Conchal. Sólo estábamos dos parejas de turistas. El resto prefería las piscinas y los bares. Sobre el mar, extremadamente azul, se desarrollaba un extraordinario espectáculo aéreo y marino. Bandadas diversas de peces voladores surgían y se volvían a meter en el agua, perseguidas por delfines. Desde el cielo bandadas de pájaros pescadores y algún pelicano hacían el camino inverso sumergiéndose para surgir con un apetitoso bocado. 

Pero nuestra capacidad de estar estirados en la arena se acabó el primer día. Éramos unas personas inquietas y curiosa por lo que necesitábamos ver cosas nuevas. Para el siguiente planeamos hacer una visita al Parque Nacional de Palo Verde.

Tomamos el coche alquilado y nos dirigimos hacía dicho parque. El camino recorría suaves colinas selváticas hasta llegar a la zona más árida del norte. Casi dos horas de pedregal y camino de tierra nos llevaron hasta el rio Tempisque. Seguramente nos perdimos porque no llegamos al lugar donde la guía decía debería estar el transbordador y el puerto de donde salían las lanchas para visitar el río.

Estuvimos otra hora en la zona selvática que rodea el río sin encontrar población ni poblador alguno. Finalmente apareció entre la maleza una cabaña de madera, con una persona acostada sobre una hamaca en la puerta de la misma.

Pare el coche justo a su lado pero no se movió.

— Buenos días — le dije

Movió su cabeza hacia nosotros sin levantarse. Su rostro renegrido por el sol mostraba unos amplios bigotes y unos ojos pequeños con los que nos escrutó un rato, que nos pareció muy largo. Pero no dijo nada.

— Quisiéramos alquilar una canoa para dar una vuelta por el río — dije para ver si avanzábamos un poco en el tema que nos interesaba.

— Bueno — contestó. — Son 100$ para los dos.

Era más caro de lo que ponía en la guía pero no habíamos recorrido tantos kilómetros como para perder el tiempo regateando y, por otra parte, no se veía muchas alternativas por los alrededores.

— Está bien — dije tras conseguir el asentimiento de mi mujer.

— Niño recoge la plata — dijo girando la cabeza hacia la cabaña.

Un chaval con la habitual camisa y pantalones blancos salió raudo por la puerta y se situó junto a mi ventanilla donde yo ya le esperaba con el billete de 100$ en la mano.

— Siga más adelante por este camino y en pocos kilómetros encontrará la canoa — dijo a continuación, después de comprobar el billete que le acercó el chaval. — No tiene pérdida.

Arranqué el coche y proseguimos la marcha. Al poco rato, aunque no verbalizamos nada, nos asaltó la razonable duda de si nos habían timado 100$. A todas luces habíamos pecado de ingenuidad y confiado en algo con poca base de credibilidad.

El camino se iba acercando cada vez más al río y lo pudimos ver en todo su esplendor. Caudaloso, amplio y bordeado de selva el la que se intuía toda clase de animales. Entonces apareció una explanada donde había un pequeño embarcadero a nuestra izquierda y dos casas de madera a nuestra derecha.

Paramos el coche y bajamos. No se veía a nadie. Nos acercamos al embarcadero y vimos que, en realidad, sólo era una escalera de madera metida en el río a la que le faltaban varios peldaños en su parte inferior. Vimos también una pequeña canoa varada junto a la escalera llena de agua fangosa en su interior.

Supusimos que el embarcadero, al que nos habían dirigido, estaría más allá pasadas las casas. Pero el camino se acababa en las casas. La duda razonable volvió a surgir por nuestras cabezas. Y fue creciendo a medida pasaba el tiempo.

Decidimos esperar allí un rato que aproveché para hacer unas fotos. Al poco llegó una furgoneta con algunas personas de color. Bajaron y después de saludar se dirigieron a una de las casas que abrieron mostrando un pequeño altar en su interior. Uno de los hombres sacó un púlpito de la casa y se lo puso delante. 

Parecían campesinos vestidos con sus mejores galas. De repente se pusieron a cantar góspel, moviéndose al ritmo de la música que ellos mismos producían. Pensamos que así nuestra espera sería más entretenida y que, si nos habían timado, al menos podríamos disfrutar de un espectáculo autóctono.

Y cuando menos lo pensamos apareció un desvencijado vehículo con dos hombres y el chaval de la cabaña. Pararon bajaron del coche y, sin decirnos nada, uno se fue hacia la otra casa de madera y el otro, junto con el chaval, hacia la escalera. Éstos últimos llevaban en las manos sendos martillos.

Sin tampoco decirse nada bajaron por los pocos peldaños no rotos y se pusieron a clavetear los peldaños dañados y a reponer los inexistente tomando trozos de madera que había por los alrededores. Nos acercamos a ver como lo hacían.

Entonces detrás nuestro apareció el otro hombre con una motor fuera bordo despintado y oxidado que, al parecer había sacado de la casa. Lo dejó en el suelo y con ayuda del chaval se dispuso a voltear la canoa para eliminar el agua de su interior. Y con un trapo secar y limpiar los travesaños que hacían el papel de asientos. Luego la pusieron en el agua para comprobar que no se hundía.

Al poco dejaron de oírse los martillazos y entre los dos hombres bajaron el motor y lo instalaron en la canoa. Luego arrancaron el motor, que lo hizo al tercer intento, y, entonces, miraron los tres hacia nosotros.

— Ya pueden embarcar — dijo el mas gordito de ellos.

Era todo tan irreal como los cánticos que seguían escuchándose al fondo.

Bajamos la escalera del improvisado embarcadero y nos acomodamos, con sumo cuidado en la canoa. Con el gordito como capitán, nos separemos lentamente de la orilla.

El gordito nos enseñó los cocodrilos que pululaban por las orillas, los monos y serpientes que se movían por las ramas de los árboles y toda clase de pájaros sobrevolando nuestra canoa.

Cuando ya estábamos lejos, en medio del río, fue cuando me asaltó de nuevo la duda. Primero nadie sabía donde estábamos, salvo el gordito y sus amigos. Segundo habíamos demostrado fehacientemente que llevábamos dinero encima. Tercero no había nadie que nos pudiera ver. El gordito nos podía robar y tirar al río impunemente.

Cada vez que nos decía que miráramos hacia un lado para ver un pájaro, un mono o un cocodrilo. Agarraba fuertemente mi mochila y seguía mirando con el rabillo del ojo. Pero no pasó nada.

Cogí confianza y me fui relajando hasta disfrutar del improvisado y poco habitual paseo. Que resultó finalmente fascinante y auténtico, lo más alejado de los que se pudieran ofrecer a los turistas.

Una vez más pudimos constatar la amabilidad de los paisanos de este país que,, dentro de su humildad ofrecían todo lo que estuviera en sus manos para satisfacer a sus clientes y, como no, amigos.


Josep M. Vilà

16/11/2013




 


© Josep Vila 2014