La policía

Chichén Itzá, Yucatán (México) 1994

 10/11/2013

 

Por fin nos habíamos arreglado las agendas, mi mujer y yo, para poder tomar una semana de vacaciones en la llamada Riviera Maya. Nos interesaba más la parte de Maya que la de Riviera, así que huimos de un viaje organizado y nos compramos sólo los billetes de avión de ida y vuelta y la estancia en un hotel de Cancún. El resto lo improvisaríamos sobre la marcha según fuéramos viendo el real interés de lo visitable.

Efectivamente Cancún estaba situada en un paraje espectacular con su laguna y sus arrecifes que separaban las aguas azules de las turquesas. Pero así mismo era una gran ciudad artificial creada para atender un cierto modelo de turismo. Grandes instalaciones hoteleras, de restauración y de ocio para todos los bolsillos, especialmente norteamericanos, rodeada de las imprescindibles  villas miseria necesarias para acomodar y sustentar los trabajadores que proporcionan los servicios a la ciudad . Tan artificial lo uno como lo otro.

Así que decidimos alejarnos de Cancún, y de sus parques acuáticos y temáticos de los alrededores, para dedicarnos a visitar más a fondo la dimensión Maya, como habíamos previsto. Necesitábamos alquilar un coche y recorrer los lugares que ya teníamos estudiados. La menuda y amable chica de la oficina de Hertz del hotel nos facilitó el vehículo y el mapa de la zona. También nos alertó de que, por razones de seguridad: “no saliéramos de las vías principales ni  circuláramos en horas nocturnas”. Algo elemental que ya conocíamos de otros viajes pero que era especialmente relevante prestarle mayor atención dado el lugar donde estábamos, como veremos a continuación.

Lo primero que visitamos fue Tulun. Magnifico enclave junto al mar que daba a las ruinas mayas un realce especial. Cuando uno piensa en ruinas mayas suele imaginarlas en un entorno selvático, por lo que sorprende verlas en una zona más bien árida y rodeadas de un mar turquesa. Por otra parte imagino que los primeros pobladores eligieron el emplazamiento precisamente por su belleza.

Después de comer fuimos a recorrer pequeños emplazamientos que jalonaban la antigua calzada Maya: XXXXXXXX. La mayor belleza de estos lugares radica, sin duda, en la ausencia de turistas, ya que no se encontraban en la ruta de los viajes organizados. Contemplar los templos y palacios en su intimidad y su silencio era un placer exquisito.

La euforia que nos rodeaba ante cada descubrimiento de un nuevo lugar, nos hizo olvidar los estrechos y deteriorados caminos por los que teníamos que pasar. Lo más peligroso, hasta el momento, eran lo que nos informaron se llamaban “policías dormidos”. Se trataba en realidad de unas enormes barras horizontales empotradas en la calzada con el fin de que los vehículos aminoraran la marcha al pasar sobre ellos. Como es habitual en los caminos y carreteras europeas, pero de un tamaño mucho más grande. Probablemente por la desconfianza en los conductores locales. Había una, dos o tres barras, o “policías dormidos”, según la importancia del cruce y el interés en reducir la velocidad de los vehículos.

La excursión fue un éxito por lo que al día siguiente nos atrevimos a ir más lejos: a Chichen Itzá.

El camino hacia Chichen Itzá consiste esencialmente en una autopista de unos 150 Km. Por lo que pensamos el recorrido sería más rápido y cómodo que el del día anterior y decidimos salir un poco más tarde que los autocares de turistas para no coincidir con sus aglomeraciones.

Recorrimos la autopista sin tropiezos. Es decir, no encontramos ningún otro vehículo que transitara por ella, sólo nos encontramos con un pastor que perseguía una oveja que seguramente había traspasado la valla de separación. Tampoco encontramos ninguna gasolinera o área de descanso donde parar en todos los 150 Km. de recorrido. Sólo encontramos, a medio camino, un letrero que decía: “No maltrate las señales”. Pero por supuesto tampoco nos cruzamos con ningún coche de policía que pudiera multar a los maltratadores.

Por otra parte la velocidad no podía ser muy elevada dada la precariedad del suelo de la autopista, pero finalmente avistamos las barreras y las correspondientes casetas para el pago del peaje. Al acercarnos a la única que estaba abierta vimos a un sonriente funcionario que nos saludaba con grandes muestras de cortesía. Debajo de la ventanilla del peaje había un letrero que decía: “Pídale un café con leche al taquillero”.

— Buenos días, — le dije — quisiera un café con leche.

No es que me apeteciera un café con leche en aquel momento, pero me parecía insólita la situación y quería ver qué pasaba.

— Si señor, con mucho gusto — me contestó y se giró hacia el interior de la caseta.

Manipuló una máquina y se volvió de nuevo con un vaso de plástico con la humeante bebida solicitada. Le dije a mi mujer si también quería uno, pero me dijo que no y que pagara de una vez el peaje. Tenía razón porque era imbebible. Pagué y le di las gracias.

Seguimos por una carretera hasta llegar a un aparcamiento donde ya se podían ver los autobuses de los turistas allí estacionados. Efectivamente habíamos llegado a la entrada del recinto arqueológico.

Magníficos los monumentos que se podían visitar. Nos pasamos toda la mañana subiendo y bajando escaleras mayas, admirando y tratando de interpretar esculturas y bajorrelieves y, sobretodo, tratando de evocar el pueblo que las había generado.

Después de comer nos dirigimos a explorar el monumento más impresionante de todos, denominado "el Castillo". Situado en una gran plaza central, tiene la forma de una pirámide de planta cuadrada, con escaleras que dan acceso a la cúpula por sus cuatro lados. Las escaleras, bastante empinadas, tienen 91 escalones cada una totalizando así 364 escalones que añadiendo el zócalo de la cúpula representan los días del año. Eufóricos con las exploraciones realizadas por la mañana, y revitalizados por la comida, nos dispusimos a subir por la escalera flanqueada por una serpiente emplumada a cada lado.

La vista desde arriba era espectacular. Fácilmente te podías hacer cargo de la grandiosidad que tuvo la ciudad. En la lejanía se podían vislumbrar unos montículos que escondían otros monumentos aún por descubrir. Pasado un buen rato me dirigí hacia mi mujer que estaba sentada al otro lado del zócalo superior.

— ¿Bajamos ya?  — le dije.

— No. No puedo — me contestó con una mirada de terror.

— ¿Qué te pasa?

— Tengo vértigo. No puedo moverme.

— ¿Cómo es posible si has podido subir hasta aquí?

— Porque al subir miraba hacia arriba y no hacia abajo. Ahora no puedo bajar. Ni siquiera puedo moverme.

Me quedé mirando su cara pálida y sudorosa y me senté a su lado para confortarla, esperando que se le pasara. Pero lo único que pasaba era el tiempo, y pasó mucho. Ella seguía sentada mirando al suelo sin cambios apreciables. No se la podía tocar y menos citar la palabra "bajar". Empecé a pensar en soluciones alternativas. Cada vez había menos turistas subiendo y bajando o circulando por la plaza. Traté de ver algún policía al que poder recurrir. Pensé que quizás podría avisar a servicios de emergencia o incluso, si la cosa se complicaba, podrían avisar a un helicóptero. Estaba absorto en estas especulaciones cuando oí un grito.

    ¡Ahora!

Era de mi mujer que, además, se había puesto en pié. Pálida pero en pié. Delante de ella dos negras gordísimas iniciaban el descenso cogidas a la cuerda que hacia de barandilla.

      ¡Ahora! — repitió mi mujer sentándose en las escaleras de forma que, el culo de la negra más gorda, quedaba frente a su cara tapándole toda posibilidad de ver las empinadas escaleras.

La seguí y bajé a su lado vigilándola constantemente. El descenso fue perfecto. Cada vez que la gorda bajaba un escalón, ella se sentaba en un escalón más abajo manteniendo la cabeza erguida a la altura del culo de la negra. Después de repetir 91 veces esta maniobra llegamos al suelo.

Llegó agotada y como ya empezaba a oscurecer, porque en el trópico lo hace más temprano que en nuestras latitudes, fuimos directos al coche para volver al hotel.

Tomamos el coche y nos dirigimos hacia la autopista, lo más rápido que pude. Cuando faltaban unos 50 Km. para finalizar el recorrido se encendió la luz del aviso de reserva de la gasolina. Ya era casi oscuro del todo, no había ninguna circulación por la carretera  y tampoco gasolinera como ya había visto al hacer el recorrido de ida. Así que opté por reducir la velocidad a la de mínimo consumo para tratar de llegar al final de la autopista y buscar una gasolinera en los alrededores de Cancún.

Mi mujer suspiró y se reclinó en el asiento sin decir nada. Era una situación en la que ya nos habíamos encontrado en otras ocasiones y ya me había dicho todo lo que tenía que decirme. Continuamos en silencio mientras oscuridad de la noche se total. No había más luz en la autopista que la de los faros de nuestro vehículo.

Conseguí salir de la autopista con el indicador de gasolina en posición de “empty”. Entonces vi una luz de una casa en la lejanía. Abandoné la carretera y me dirigí por un estrecho camino hacia la casa de la luz. Incumpliendo así las dos elementales recomendaciones que me hiciera la chica de la oficina de Hertz: no conducir de noche y no salirse de los caminos principales.

Al acercarme vi que era una casa de madera con planta rectangular que tenía una pequeña lámpara encendida sobre la puerta, que proporcionaba la luz que iba persiguiendo. Junto a la puerta había un banquillo con dos hombres sentados que se levantaron al vernos llegar. Paré el coche y se pusieron uno a cada lada del mismo.

Bajé la ventanilla y, antes de que pudiera decir nada, vi que se metía el negro cañón de un rifle directo hacia mi barriga. Seguí con la mirada el cañón desde mi barriga hacia la ventanilla. En esos momentos los milisegundos parecen siglos. Vi su mano izquierda bajo el cargador de madera y la otra en la empuñadora con un dedo en el gatillo y pensé: “Mira una Remington”. Es algo estúpido pero como el tiempo pasa muy lentamente tienes tiempo para pensar muchas cosa a la vez.

Seguí mi recorrido con la mirada y vi una camiseta blanca con la imagen del “pato Donald” de los cuentos  de mi infancia. Seguí hacia arriba y vi una cara redonda con unos amplios bigotes y unos ojos hundidos casi ocultos por el sombrero de paja que remataba el cuadro.

      Estoy buscando una gasolinera — dije aún más estúpidamente porque, en realidad, tenía que haber dicho: “¡ay!” o “¡socorro!” o “¿qué hace Vd.?”.

Pero me salió la vena “british” de estar por encima de la realidad, o quizás la de ciego de la ONCE de no verla o la del escapista de no querer verla. No importa el por qué, lo dije y ya está.

Fue “mano de santo”. El hombre se quedó callado mirándome atentamente y luego retiró el rifle lentamente hasta sacarlo totalmente del coche.

— ¡Ay, hombre! — dijo — ¿cómo va Vd. así?

Miré hacia e lado de mi mujer y vi que también otro hombre, con camiseta de Walt Disney y bigotes, retiraba un rifle de su lado. Volvió a meter, esta vez, sólo su cabeza por la ventanilla. Nos recriminó andar de noche por esos caminos alejados  de la población ya que había muchas peligros. Eran policías.

En principio no sabía si era bueno o malo. Tampoco les pregunté por qué iban con un atuendo tan particular. Lo importante era resolver el tema de la gasolina.

— ¿No saben que está prohibido circular sin gasolina? — nos dijo con cara de padre bondadoso — Les puede caer una buena multa.

— ¡Hombre! Yo todavía tengo gasolina en el depósito — me justifiqué, por si acaso.

Finalmente nos indicó el camino hacia la gasolinera más cercana, tras gratificarle con una compensación económica por su comprensión.

Siguiendo sus indicaciones llegamos a una gasolinera que me pareció la más bonita que había vistos jamás. Llené el depósito y conseguimos llegar a Cancún.

Nos encantó ver las calles iluminadas y llenas de turistas. Pero preferimos irnos a descansar después de tener un día tan ajetreado. 


Josep M. Vilà

10/11/2013


 

 

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