Los palillos

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Seoul (Korea) 1988

29/2/2016


Fui a Seoul con mi equipo para visitar las empresas que estaban participando en la preparación de los JJOO y poder aprender todo lo posible, ya que era una ocasión única de ver los problemas y soluciones de los que nos precedían en estos eventos.

 

Seoul era una impresionante urbe cortada por numerosas avenidas de más de ocho carriles en cada dirección, un amplio río cruzado por innumerables puentes y un inmenso laberinto de calles y callejas llenas de tenderetes de venta ambulante. La modernidad se entremezclaba con la más atávica tradición. Modernos hoteles se entremezclan con  humildes viviendas que rozaban, la mayoría,  la categoría de barracas. Había pocos monumentos o palacios que mostraran las raíces históricas de su cultura.

 

 Sin embargo lo que más impresionaba era la gente. Acostumbrada a moverse en masa por todas partes y con escasa capacidad de entender lo singular o diferente. Un número elevado de mutilados arrastraban, por la calle, sus carros con las mercancías a vender para poder subsistir. Sin piernas o sin brazos se espabilaban para moverse, vender y cobrar, ante la indiferencia de los que circulaba a su alrededor. Secuelas de la guerra tal vez. Ningún acceso público o privado estaba adaptado para sus minusvalías.

 

Era el primer exportador mundial de PC’s y, sin embargo, éstos escaseaban en las oficinas de  las principales empresas. País de contrastes pero, especialmente, en las notables diferencias culturales que afectaban al comportamiento personal y a las que tratábamos de amoldarnos para poder realizar lo más eficientemente posible nuestra misión.

 

El primer trabajo fue el escoger el asistente que debía acompañarnos en las visitas para hacer las tareas de traducción y, sobre todo, adiestrarnos en las las normas de cortesía local. Por ejemplo: ofrecer las tarjetas de visita con las dos manos, no abrir los regalos delante de los que los daban, no decir nunca que no, no dejar pasar primero a las mujeres o eructar tras las comidas para mostrar la satisfacción con las mismas y un largo etcétera.

 

La elección recayó en una menuda chica que lucía unas desproporcionadas gafas de pasta negra. Era extremadamente eficiente y nos ayudó a comportarnos lo más adecuadamente posible en cada ocasión.

 

Nuestro trabajo incluía también el atender a las invitaciones a comidas o cenas con los directivos de las empresas que visitábamos. Todas eran variopintas pero era en ellas donde, fuera del ambiente de negocios, debíamos extremar nuestros escasos conocimientos de las reglas de cortesía cultural.

 

En una ocasión nos invitaron a un restaurante situado en las afueras de la ciudad. El lugar era, un gran y magnífico jardín, en el cual se encontraban diversos bungalows, de distintos tamaños, decorados como casas tradicionales que lucian una profusión de vivos colores. Cada uno de ellos correspondía a un comedor  reservado y contenía todos los servicios necesarios para ello.

 

Éramos ocho personas y nos asignaron, creo, uno de los mejores. En la sala principal se extendía una mesa tradicional, es decir baja y sin sillas, donde tratábamos de acomodarnos sin mostrar nuestras dificultades, para no ser descorteses. Especialmente yo que tenía que hacer los mayores esfuerzos, porque me era imposible cruzar las piernas y  sentarme sobre ellas.

 

Como siempre la mesa estaba cubierta de platillos, con los más variados e indescriptibles manjares, y unas botellas de aguardiente local de arroz y, en atención a nosotros, otras de whisky y vodka. Ningún recipiente con agua para beber. Al parecer si acababas borracho era una señal de que la reunión había sido un éxito.

 

Se presentaron tres bellísimas muchachas maquilladas y ataviadas como geishas. Una se encargaba de reponer los manjares y bebidas a medida que se agotaban y las otras dos se sentaron junto a mí, una a cada lado. Me explicaron que como yo era el invitado de mayor categoría me correspondía este detalle.

 

Me pareció un buen detalle el estar rodeado de aquellas preciosidades durante la comida y lo agradecí con un movimiento de cabeza y unas inciertas palabras. Pero al comenzar la comida comprendí que su papel no era meramente decorativo. Al ir a coger mis palillos, la geisha de mi derecha, lo impidió. Los tomó ella y, con ellos, pilló un bocado de la mesa y lo acercó a mi boca. No me resistí para no violar ninguna regla de cortesía, mientras miraba de reojo a nuestra asistenta que, también, me miraba atentamente pero sin enviarme ninguna señal de desaprobación.

 

Ya estaba masticando el delicioso bocado que, la geisha, me acababa de introducir en mi boca cuando vi que la otra, sentada a mi izquierda, ya había pillado un rollito, lo había untado con una salsa y estaba esperando que acabara para ofrecérmelo. La situación era un poco incómoda,al principio. No sabía dónde poner las manos, ni qué hacer con ellas, ni como indicar lo que me apetecía más, ni siquiera qué cara poner: la de felicidad o la de jugador de poker. Pero luego me fui acostumbrando. Ni mis compañeros ni los anfitriones hacían ningún comentario al respecto, todos actuaban con naturalidad como si fuera lo más habitual del mundo.

 

Al menos cuando quería beber me llenaban el vaso y me lo daban para que yo me lo llevará a los labios. Por lo demás sólo tenía que mover la cabeza de derecha a izquierda para que, una tras otra, me fueran dando la comida a la boca. No entendían apenas nada de inglés pero, si les decía algo, reían asistiendo con la cabeza y me volvían a meter, suavemente, los palillos en la boca.

 

A medida avanzaba la comida, y la bebida, cada vez estábamos todos un poco subidos de tono, como parece era el objetivo. Entonces los anfitriones comenzaron a subir, de uno en uno, a un pequeño estrado que se encontraba a la derecha de la sala y, armados con un micrófono, mostraban sus gracias y habilidades. Los coreanos cantaban, razonablemente bien, toda clase de piezas musicales populares. Como me temía mis geishas dejaron de alimentarme y me empujaron amablemente hasta el estrado.

 

A pesar de lo bebido que estaba, el mínimo de dignidad que me quedaba me impedía cantar. Así que opté por contar un chiste, naturalmente en inglés, sobre Madrid y Barcelona que, evidentemente, nadie entendió pero  fue la actuación más aplaudida. Con la aprobación de nuestra asistenta que, al parecer, estaba sumamente satisfecha con mi comportamiento social.

 

Volví a mi lugar en la mesa siempre acompañado por mis geishas que continuaron con su función alimentaria. Al rato sentí ganas de orinar y pregunté por el servicio a mi geisha de la derecha. Sonrió, se levantó y me indicó que saliera por una puerta lateral de la sala. Así lo hice y fui a parar a un largo distribuidor que daba a varias habitaciones y una, al fondo, señalizada como WC. Me dirigí hacia allá.

 

Entonces oí que se cerraba la puerta por donde había accedido. Me giré y vi a la geisha, de mi derecha, que me seguía ¡con los palillos en la mano! Pero, como no tenía a nuestra asistenta para que me indicara lo correcto a hacer, apresuré el paso. De reojo vi que me seguía con pasitos de geisha y con los palillos en la mano. En unas décimas de segundo pasó por mi imaginación todo lo que podía pasar en WC con los palillos de la servicial geisha. Ya me parecía demasiado. Di dos zancadas, me introduje en el servicio y cerré la puerta violentamente.

 

Una vez aliviado, y tranquilizado, salí y me encontré la geisha esperándome con los palillos en la mano y la cara compungida, o a mí me lo pareció. Volvimos a la sala donde seguían los cantantes mostrando su talento. Nos sentamos de nuevo en la mesa, bajo la  mirada complacida de la asistenta que indicaba que seguía todo según los cánones de la correcta educación.

 

Al terminar las geishas se despidieron de mi con repetidas reverencias y sonrisas. Musitaron algo que  la asistenta tradujo como que “si necesitaba algo más de ellas”. No sabía cuál era la fórmula correcta de contestar pero se me ocurrió decir que me gustaría me dieran el cordón con colgante que recogía la parte superior de su vestido, como recuerdo. Por la cara de la asistenta supuse que ésta no era la respuesta que se esperaba. Quizá tenía que haber pedido los palillos, nunca lo sabré.

 

Josep M. Vilà

28/2/2016

 

 

 

 

 

 

 

 

© Josep Vila 2014