Oscar 2 - Iberia 2

Santander (España) 1997

28/2/2009


Tengo que asistir a una mesa redonda en unas Jornadas que organiza la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander y mi mujer ha decidido acompañarme. La intención es pasar un par de días de descanso y después ella regresaría cuando comiencen las jornadas.

El vuelo sale muy temprano por lo que hay que estar a las 6:30 en el aeropuerto de Barajas. A estas horas el tráfico por la M40 de Madrid es muy fluido y conseguimos llegar sin mayores problemas a la hora prevista. Cedo el puesto de conductor a mi mujer y voy a buscar un carro de equipaje. Descargamos nuestro equipaje formado, como es habitual, por una pequeña maletas y una bolsa de mano para cada uno. De esta forma garantizamos que no tenemos problemas de olvidos porque cada uno coloca lo que quiere en cada una de sus piezas de viaje y, durante el trayecto, cada uno se responsabiliza de su parte, con lo que evitamos también descuidos por falta de coordinación, el método es sencillo y efectivo.

Mientras ella se dirige a aparcar el vehículo yo voy con el equipaje a la ventanilla de Iberia para obtener el billete de mi mujer que no pude reservarlo con la antelación suficiente dada la premura de la decisión de acompañarme. Llego al mostrador y saco la cartera donde se encuentra mi billete y el papel con el localizador de la reserva de mi mujer. Arreglo todo muy rápidamente porque apenas hay nadie frente al mostrador.

Cruzo el hall empujando el carro del equipaje hasta el mostrador de facturación que se encuentra casi enfrente. Entrego los billetes, que aún llevaba en la mano, a la amable señorita que me atiende y le ratifico que quiero ir a Santander, por si acaso me he equivocado de mostrador. Ya que a estas horas de la mañana mis neuronas no suelen  estar todavía correctamente conectadas.

      ¿Tiene algo que facturar? – dice sin levantar la vista de la pantalla informática.

      Sólo las maletas. Las bolsas las llevaremos en cabina – le contesto mirando todavía hacia los billetes que le acababa de entregar. Ella inclina la cabeza y mira el carro del equipaje.

      ¿A que bolsas se refiere?

Dirijo rápidamente mi mirada al carro y efectivamente las bolsas no están allí. Giro la cabeza y miro a mi alrededor. Las bolsas no están en el suelo. Tampoco hay mucha gente en el hall y, naturalmente, nadie está corriendo con nuestras bolsas por él.  No me cabe duda que me las han robado. Pero cuándo, cómo o dónde no lo sé.

Bien. Pienso que lo más importante ahora es no ponerse nervioso y acabar con la facturación de los billetes.

      Facture sólo las maletas – le digo con decisión a la señorita del mostrador. Ella prosigue con su proceso no sin dejar de explicarme la cantidad de robos que se producían en el aeropuerto y amonestarme con que se debía ir con mucho cuidado especialmente a esas horas de la mañana. Aguanto estoicamente ya que no tengo escapatoria y que cualquier comentario podría alargar la situación o ponerme aún más nervioso.

Una vez con las tarjetas de embarque en mi poder, y sin el engorro del maldito carro,  me dirijo rápidamente hacia la puerta de acceso dónde debía aparecer mi mujer después de aparcar el coche. Mientras trato de pensar lo que debo hacer en esta circunstancia. Pero no tengo mucho tiempo que pensar ya que mi  mujer aparece ya por ella.

En cuanto me ve viene corriendo hacia mí más aprisa que yo hacia ella. Me dirige una mirada de reproche.

      ¡Te han robado las bolsas! – me dice sin darme tiempo a abrir la boca. Me quedo petrificado. Yo sé que mi  mujer tiene dotes de bruja, ya que suele anticipar lo que va a suceder o intuir cuando se van a producir problemas. Pero ¡hombre! Yo creo que ahora se está pasando.

      ¡Me han robado las bolsas! – le digo alterado, como si no hubiera oído sus palabras. Pero luego añado con cara de asombro – ¿cómo es que lo sabes?

      Es que los he visto – me responde.

A continuación me cuenta que después de dejar el coche debidamente aparcado se volvió hacia la terminal lo más rápido que pudo ya que era la única persona que había por el lugar y que todavía era totalmente oscuro. A medio camino le aparecieron, por el pasillo que da a la terminal, dos hombres que se dirigían hacia ella con el paso igualmente rápido. Un cierto escalofrío le corrió por el cuerpo pero no se paró y siguió caminando con paso rápido. Cuando los tuvo cerca observó que estaban conversando animadamente con marcado acento sudamericano y también vio, con asombro, que ¡uno llevaba su bolsa de viaje y el otro la mía!

Naturalmente no se atrevió a decir nada ni siquiera mostrar extrañeza por miedo a la reacción, posiblemente violenta, que pudieran presentar. Pero le quedó evidente que acababan de robar a su marido. Apretó el paso y fue a encontrarme donde habíamos convenido. Así que, después de todo, mi mujer no había ejercido sus poderes de bruja sino sólo los de la estar en lugar oportuno en el momento más inoportuno.

Pero ¡menudo susto acababa de pasar! Además de la propia sensación que tienes cuando te han robado: mitad rabia y mitad complejo de culpabilidad.

Una vez calmados, después de lanzarme los reproches de rigor, naturalmente merecidos, decidimos ir a efectuar una denuncia a la policía del aeropuerto. Hicimos repaso de lo que llevábamos en las bolsas y afortunadamente no era grave su pérdida. Yo tenía un libro para leer durante el viaje y un jersey; las notas para la mesa redonda y las de la información del hotel, que no me eran imprescindibles ninguna de las dos; y una máquina de afeitar que no cabía en la maleta y que podría sustituir fácilmente en el destino. Mi mujer llevaba el neceser, también sustituible; un libro y un jersey, para el viaje; y una cartera con diversas tarjetas, una de ellas de VISA que era lo más fastidioso. La canceló de camino a la comisaría.

Volví a tener que escuchar los reproches, nuevamente merecidos, del policía de turno y realizamos  la denuncia. Como sea que mi mujer dijo haberlos visto el policía insistió que echara un vistazo a un interminable álbum de fotos.

      Seguro que es uno de estos gitanos – dijo con voz de suficiencia.

      No. Eran sudamericanos – respondió mi mujer.

      Señora, no se habrá fijado bien. Yo conozco muy bien quienes trabajan habitualmente en este aeropuerto – insistió – siga mirando.

Mi mujer está ya agobiada y me mira.

      Se nos va a marchar el avión. La hora del embarque está pasada – dije mirando el reloj y con gesto de preocupación.

      Bueno, vayan. Pero cuando regrese, señora, vuelva a pasar por aquí para seguir mirando.

      Sí, sí. Claro, así lo haré. Muchas gracias – contestó con convicción y se fue tras de mí que ya había empezado a salir de la comisaría.

El vuelo sala a la hora y llegó a la hora a Santander. Recogemos las dos maletas que nos quedaban y vamos a alquilar un vehículo para poder visitar mejor los alrededores, como teníamos previsto

      Bueno. Vamos a olvidarnos de este incidente y nos concentramos en pasárnoslo tan bien como habíamos programado – dije con la no declarada intención de que no me fustigara más por mi poca atención y descuido en el aeropuerto y mi culpabilidad en el “incidente”.

Nos instalamos en el hotel y nos cambiamos de ropa para salir con el coche a algún sitio, siguiendo nuestra vieja tradición de improvisar las vacaciones y las oportunidades de descanso.

       Podríamos ir a Santillana de Mar, que hace tiempo no hemos estado – propuse y fue aceptado enseguida.

      Antes de salir – añadí – será mejor que dejemos nuestras carteras y toda la documentación en la caja fuerte de la habitación. No quiero que nos roben otra vez en el mismo día.

También fue aceptado inmediatamente dado el estado de ánimo en que nos había sumido el “incidente” de la mañana.

Salimos de Santander y decidimos hacer el recorrido por el camino más secundario posible, con el fin de disfrutar más intensamente de la naturaleza. No había pasado una hora cuando ya nos hemos olvidado casi totalmente del “incidente” y estamos entregados intensamente a disfrutar del bucólico paisaje que nos rodea.

En un recodo de la carretera, que discurre por en medio de un bosque, aparece un guardia civil con su tricornio y arma reglamentaria que le da a la escena un toque de ruralidad profunda. El guardia hace señales para que pare el vehículo y unos pasos más atrás se encuentra el otro guardia que supongo es su pareja. Paro el coche y se el guardia se acerca a mi ventanilla.

      Buenos días – dice llevándose la mano al gorro a modo de saludo militar. –  ¿Me puede enseñar la documentación?

      Sí, claro – abro el salpicadero y le doy los documentos del vehículo de alquiler.

      ¿Y el carnet de conducir por favor?

      Mire es que me han robado esta mañana – le digo con cara de victima y para poder ganar su conmiseración.

      Entonces tendrá la copia de la denuncia. ¿Me la puede mostrar? – responde sin cambiar el semblante. Pienso que no me quedaba más remedio que decir la verdad o me vería envuelto en un lío mayor.

      Mire es que me han robado esta mañana – repito la frase para darle énfasis – y hemos guardado toda la documentación en la caja fuerte para que no nos volvieran a robar. Así que no llevo ningún documento encima.

Probablemente era la respuesta más estúpida que había oído al respecto, porque consiguió que se quedara callado unos segundos. Luego masculla algo así como que quiere preguntarle al sargento y se retira hacia donde está el otro guardia. Los dos discuten y finalmente hacen señales para que prosigamos el camino. Pasamos por su lado y hacen como si nunca nos hubieran visto.

No entiendo que pasa, quizás esperaban atrapar una pieza más importante y no querían perder el tiempo con unos ingenuos como nosotros, pero no es cuestión de preguntar y me alejo lo más rápido que me permite la prudencia.

El resto del día lo empleamos en volver a Santillana de Mar y sus alrededores, que sigue tan fascinante como siempre y, en especial su comida. Al anochecer llegamos cansados  pero eufóricos al hotel. Una buena cena cerca del puerto y un paseo completan la jornada y nos retiramos a dormir al hotel.

 

Me despierta el zumbido del teléfono. El sol clarea por la ventana por lo que infiero ya debe estar la mañana avanzada. Sin embargo no recuerdo haber puesto el despertador ni avisado para que me llamaran a ninguna hora. Voy tratando de reconectar mis neuronas mientras trato de hacerme con el teléfono. Una amable voz me indica que tengo una llamada del exterior que pregunta por mí. Pienso que debe ser mi secretaria ya que es la única que sabe donde me alojo ya que fue ella la que hizo la reserva. Sin embargo hoy es festivo, así que puede tratarse de algo grave. Intento conectar más neuronas a los circuitos activos de mi cerebro. Me pasan la llamada y no es mi secretaria.

      Buenos días, soy Oscar – me dice una voz con marcado acento sudamericano. Trato de recordar rápidamente todos los “Oscar” que conozco. Sólo se me ocurren dos: Oscar Wilde, que está muerto y además tendría acento inglés, y el Oscar de Hollywood que no habla.

      Dígame que desea – le contesto intentando aparentar que tengo la situación bajo control.

      Es que tengo la bolsa que Vd. ha “perdido” – Mis neuronas se habilitan totalmente de golpe y me pongo en pie de un salto. ¿Estoy hablando con el ladrón? Mi mujer nota también las señales de alarma.

      Oiga ¿cómo ha conseguido localizarme? – le digo casi sin pensar, simplemente verbalizando mi preocupación. Porque una cosa es que me roben y otra que además me sigan y me llamen por teléfono. ¿Formo parte de una conspiración? ¿Los guardias que me dejaron pasar También estaban en ella? Todos estos pensamientos se atropellan, en décimas de segundo que parecen horas, en mi recién conectado cerebro.

      Mire Vd. he abierto la bolsa y he encontrado un bono de hotel con su nombre y la dirección. Así que me he permitido llamarle. – dice calmadamente. Parece simple y convincente su explicación pero ¿cómo se hizo con la bolsa?

      Está bien, pero ¿cómo encontró la bolsa? – sigo tratando de encontrar alguna explicación plausible a lo que me dice.

      Señor. Soy un camarero de un bar de la calle Huertas y al dirigirme a mi trabajo por la mañana he visto su bolsa en una papelera de la estación de Atocha – responde mostrando una tranquilidad sospechosa.

      Pues en realidad he “perdido” dos bolsas – le digo poniendo énfasis en la palabra “perdido”.

      También tengo la otra bolsa. Una que es de cuero con dos correas de cierre, pero no tiene identificación en su interior  – es verdad. Acaba de describir la bolsa de mi mujer. Hombre, que encuentre una bolsa pase, pero que encuentre dos es un tanto extraño. No imagino a los ladrones del aeropuerto, después de no encontrar nada de valor en las bolsas, que las abandonaran en la estación de Atocha, y además ¡al día siguiente! Lo más razonable es que Oscar estuviera implicado en dicha “pérdida”

      Bueno ¿así que tiene las dos bolsas? – le digo esperando que me diga cuales son sus intenciones.

      Sí. Puede pasar a recogerlas al bar en horas de trabajo.

      Bien déme la dirección que ya pasaré  – le contesto, naturalmente sin tener la menor intención de pasar personalmente. Pienso en enviar a alguien de seguridad de mi empresa por si acaso se trata de un chantaje o cualquier otra cosa. Nos despedimos cordialmente y cuelgo el teléfono.

 Mi mujer no sale de su asombro, como yo. Pero en domingo no podíamos hacer más cosas que repetirnos la conversación por si éramos capaces de encontrar alguna clave perdida. Finalmente decidimos que efectivamente no podíamos hacer nada más, así que nos arreglamos para disfrutar el día que nos quedaba de descanso.

 

A última hora de la tarde acompaño a mi mujer al aeropuerto para que regresara a Madrid. Yo me debía quedar hasta el fin de la mesa redonda del día siguiente. No factura la maleta como hacemos habitualmente y la acompaño hasta el control de policía donde me despido. Me quedo sin embargo mirando hasta que pasa el control de embarque. Allí veo que el responsable de Iberia le hace dejar la maleta ya que seguramente no la dejan llevar en cabina. Me hace un geto de incomprensión a través del cristal, suspira y se aleja hacia el avión.

Yo vuelvo al hotel y subo a la habitación a repasar  las notas para la mesa redonda de mañana. Al poco rato suena el teléfono. Es mi mujer que me comunica que ya ha llegado bien pero que la maleta no ha llegado con su vuelo. Posiblemente al no estar facturada ni embarcada en cabina, estaría dando vueltas quién sabe dónde. Nos consolamos pensando que no es lo mismo perder la maleta al volver que al ir.

 

Al día siguiente, una vez finalizada la mesa redonda, voy al aeropuerto a devolver el vehículo y tomar el avión de vuelta a Madrid. Con la experiencia de mi mujer facturo, esta vez, la maleta y me olvido de ella. Nunca mejor dicho porque al llegar a Madrid la maleta no aparece entre el equipaje. Me dicen que me dirija al mostrador de reclamaciones, donde realizo todos los trámites correspondientes. Tomo un taxi y llego agotado a casa. Mi mujer sale a recibirme y le digo:

      Oscar 2, Iberia 2

En efecto, salimos con cuatro bultos de casa hace tres días y regresamos con ninguno. Dos los tenía Oscar y otros dos Iberia.

Pero en dos días conseguimos recuperarlo todo. Oscar no pareció albergar aviesas intenciones y se ganó una propina, que había acordado darle con la persona de mi empresa que acudió a recogerla. Y los funcionarios de Iberia nos comunicaron al día siguiente que las maletas habían aparecido.

Todo resuelto. Pero sigo albergando la duda de que Oscar no estuviera realmente implicado en el asunto.


Josep M. Vilà

28/2/2009

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