Mi primer día de cole

11 febrero 2013



La visión de Josep M. Vilà Solanes en 1950


Mi entrada en el mundo escolar tuvo lugar con los jesuitas del Instituto Comercial de la Inmaculada, el ICI, cuando tenía seis años. Yo pertenezco a esa generación que no fue temprano a la escuela, porque en casa había suficientes cuidadoras para hacerse cargo de mi.

Pero ya hacía días que tenía la mosca detrás de la oreja. 

¡Qué grande eres! ya puedes ir a la escuela – decía mi abuela.

¡Qué te lo vas a pasar! – decía mi tía.

Conocerás a muchos amiguitos – terciaba mi madre.

Mi experiencia, aunque corta, me había enseñado que todas las cosas que precisaban de publicidad adicional, no eran lo suficientemente atractivas por si solas o escondían indeseables efectos colaterales.


Llegó el día y mi madre me acompañó hasta la puerta de entrada, situada en la calle Balmes. A ella no le dejaron pasar, naturalmente, y a mí me acompañaron por la escalera que daba la vuelta al hall hasta una sala que llamaban “la clase”. 

Una sala con el techo altísimo, la puerta y las ventanas enormes. A un lado una pared recubierta de una pizarra verde que llamaban “el encerado”;  a sus pies un escalón de madera que llamaban “la tarima”; la sala estaba  llena de asientos y mesas de madera, que llamaban “pupitres”, todos alineados frente a la pizarra. A mí me tocó uno de la primera fila.

Cuando llegué había un cierto jolgorio de niños, vestidos todos con ropa de rayas azules, como la que me había puesto mi madre al salir de casa a la que, desde entonces y durante los siguientes diez años, llamaría “la bata”. 

De repente se hizo el silencio. Por la puerta apareció un señor, vestido con cuello y corbata, al que llamaban “el profe”. Entró y tomó asiento, cara a nosotros, en la silla de la mesa que estaba sobre la tarima.

Saquen los lápices y el borrador  – dijo sin mirarnos, en forma de saludo ritual.

Se produjo entonces un gran alboroto, con ruido de pupitres abriéndose y cerrándose, mientras que los demás niños sacaban una caja de lápices de colores y un cuaderno de hojas cuadriculadas. Yo no saqué nada porque mi madre me dejo allí sin nada más que lo puesto.

Y Vd. ¿qué no saca el borrador y los lápices? – dijo mirándome directamente el profesor.

No tengo – contesté francamente.

¿Qué no los ha traído? – dijo bajando de la tarima – entonces ¡queda castigado cara a la pared!

Se acercó a mi pupitre y, tomándome de de un brazo, me condujo hasta un trozo de pared situada entre la pizarra y la puerta, justo delante de todos los compañeros. 

Cuando salí de mi estado de susto y sorpresa, me giré levemente para ver que pasaba en la zona de pupitres. Todos estaban entretenidos con lo que les indicaba el profesor. Nadie me miraba. A ellos, que me sacaban algún curso de ventaja en el cole, no les afectó nada tener un compañero castigado de cara a la pared. Pensé que debía ser algo habitual de la vida en el cole, ya descontado por todos.  




© Josep Vila 2014