La madalena

Aeropuerto de Madrid, rumbo San Juan de Puerto Rico (USA) 2010

17/4/2011


Acabamos de llegar mi mujer y yo, junto con una pareja de buenos amigos, al aeropuerto de Madrid para enlazar con el vuelo a San Juan de Puerto Rico. Nos tuvimos que trasladar por el tren interno a la terminal satélite. El tiempo de enlace era suficiente, aunque no sobrado.

Al llegar a la terminal pasamos el control de rigor con el arco personal y el escaner de equipaje de mano. Seguimos por un largo pasillo donde, al final, estaba señalizada nuestra puerta. Curiosamente antes de llegar al finger de embarque había un control de acceso, señalizado con una cinta y con un mostrador, operado por un oficial de seguridad en mangas de camisa. Pensé que se trataba de un control adicional de la compañía aérea, ya que se trataba de un vuelo con destino a USA. No me equivocaba.

El agente comprobó los pasaportes y las tarjetas de embarque y nos dejó pasar, sin más complicaciones. Nos acomodamos, después, en unos asientos situados cerca de donde estaba el finger, justo al otro lado de donde se encontraba el control.

— Necesitaría comer una madalena — dijo mi mujer— por que con el estómago vacío no puedo tomar esta pastilla.

— Si, si... claro.— contesté— No te preocupes. Ahora la consigo.

— Aquí al lado, justo antes del control hay un bar— me indicó ella.— Lástima no de no haberme dado cuenta antes de pasar el control.....

—Si. Pero no habrá problema— le dije para tranquilizarla.— Aún falta media hora para el embarque.

Di la vuelta hasta el lugar por donde habíamos entrado y me dirigí al oficial del mostrador.

— Quisiera salir para comprar una madalena en el bar— le dije señalando el bar que estaba justo a continuación de la cinta de seguridad. 

Hasta casi podía pedir la madalena sin saltar la cinta. Pero pensé que no era oportuno hacerlo de esta forma.

— Tendrá que pedir permiso al jefe de seguridad— me contestó señalando un lugar situado al otro extremo de la cinta de seguridad.

En efecto allí había un hombre menudo, vestido con el mismo uniforme, que miraba con cara  de no fiarse de nadie. Me dirigí a él.

— Quisiera ir al bar a comparable una madalena a mi mujer— Volví a decir. Me miró de arriba a abajo, como intentando descubrir qué le escondía o por donde le estaba tratando de engañar.

— Tendrá que dejarme el pasaporte y la tarjeta de embarque— dijo desafiante.

Lo pensé unos segundos antes de contestar. Una persona sin pasaporte ni tarjeta de embarque en un aeropuerto es prácticamente "hombre muerto". Cualquier percance te impediría moverte o te conduciría a la policía para dar explicaciones.

Pensé que dar el pasaporte y tarjeta de embarque a un jefe de seguridad, aunque no llevara un uniforme reconocible, no era demasiado riesgo. Y además, ya que el bar estaba justo a lado, calculé que tampoco implicaría grandes riesgos. Así que saqué, del bolsillo, la documentación requerida, y se la di.

— Bueno— dijo el jefe, con cierta cara de sorpresa, al ver que le daba los documentos con tanta facilidad.— Cuando regrese sepa que será sometido a un registro especial.

Era su último intento para disuadirme. 

— Es que tengo que salir para comprarle una madalena a mi mujer— dije en tono de disculpa. Me pareció una estúpida disculpa, pero ya la había dicho.

Se encogió de hombros y le hizo una seña al oficial para que me dejara pasar.

Fuí corriendo al bar donde tuve que esperar a que  dos clientes pesados acabaran de escoger su desayuno. Por fin pude comprar la madalena. Me guardé el recibo por si me lo exigían, como justificante, al pasar de nuevo el control con una madalena en la mano. Y volví, lo más deprisa que pude, de nuevo al control.

— Muéstreme el pasaporte y la tarjeta de embarque, por favor— me dijo el oficial del mostrador, que había sustituido al que me había dejado salir anteriormente.

— No puedo porque su jefe se los ha quedado— le dije señalando hacia el hombre, con cara de desconfiado, que estaba al otro extremo de la cinta. El jefe asintió con la cabeza y el oficial me dejó pasar.

El jefe se dirigió hacia mi y, sin devolverme la documentación, me indicó que le siguiera. En la parte la parte central del terminal abrió una puerta y me introdujo en una pequeña sala. Allí habían unos guardias civiles con su uniforme verde, algunos equipos electrónicos y unos cuantos variopintos viajeros. La mayoría barbudos, con aspecto de enajenados, con mochilas o bolsas deportivas en la mano. Al parecer los estaban revisando. Le entregó mi documentación a un guardia y se marchó sin decirme nada más. Yo me mantuve sereno en la cola, con mi madalena en la mano, con la tranquilidad de quien no tiene nada que ocultar.

Por fin me llegó el turno y se me acercó un guardia con las manos enfundadas en unos guantes transparentes. Primero comprobó mi identidad, con la documentación que le había dejado el jefe, y luego me pidió que le entregara la madalena. La cogió y apretó con suavidad con las dos manos. La estuvo acariciando como si fuera el pecho de su amante. Me la devolvió y comenzó a palparme primero las manos y luego los brazos. Uno tras otro y con la misma suavidad con que había tratado la madalena. 

Sus dedos se deslizaban lentamente sin dejar un centímetro sin tocar. Era una sensación agradable y relajante, así que me deje llevar. Siguió luego con mi torso, en toda su amplitud, lo que le llevó un buen rato hasta llegar a la cintura. Saltó por encima del cinturón y, al llegar al vientre, súbitamente se detuvo.

— ¿Qué tiene usted ahí? — dijo, y con su voz deshizo el encanto.

— ¿Qué? ... ¡Ah! ... Bueno— respondí volviendo sorprendido desde un lejano mundo. — Ahí tengo un cinturón con una bolsa, donde escondo el dinero.

— ¿Me lo puede mostrar?

— Claro que sí.

Me desabroché el pantalón para facilitar la extracción, pero el cinturón de la bolsa no se soltaba. Así que, tras algún forcejeo más, opté por bajarme los pantalones y sacar el cinturón con la bolsa, sin desatar, por debajo de mis pies.

Di la bolsa al agente que, tras un rápido vistazo, la pasó a otro que manejaba el escáner para que la analizara en profundidad. El agente se acercó de nuevo y prosiguió su especial masaje. Ahora por los muslos, sin perdonar tampoco un centímetro, y luego siguió por las piernas. Yo continuaba extasiado con los pantalones a medio bajar y la magdalena en una mano.

Finalmente llegó a los pies. Ahí se entretuvo más. Pensé que quizás como consecuencia de aquel chiflado, que llevaba una bomba en los zapatos, el protocolo obligaba a esmerarse también más en la vigilancia de los pies. Sea como fuere fue esta la parte que gocé más. Recordé los masajes que  los chinos proporcionaban, en los pies, a sus favoritas antes de acostarse con ellas y lo comprendí plenamente.

— Recoja su bolsa— dijo el agente, deshaciendo la ensoñación en un instante.

Me puse el cinturón con la bolsa del dinero, me subí los pantalones y salí, lo más deprisa que pude, con la magdalena en mi mano. 

Cuando mi mujer y los amigos me vieron acercar, me hicieron grandes aspavientos. 

—¿Qué has hecho? ¿Dónde te has metido? ¡Están llamando ya el embarque de nuestras filas! — gritaban.

— Me han retenido para registrarme de nuevo— respondí y, alargando la mano, añadí victorioso— ¡pero aquí tienes la magdalena!

Pero ésta no era toda la verdad. En realidad no me habían retenido, mientras corría con una magdalena en la mano, sino que había sido abducido. Abducido por unos hombrecillos verdes, que me transportaron en su nave a un lugar irreal y sensual por un tiempo también irreal e indefinido. Luego me dejaron de nuevo en la ruidosa terminal, donde seguí corriendo con una magdalena en la mano.

 

Josep M. Vilà

17/4/2011

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