Los billetes de Maria

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Aeropuerto de Barcelona  2019

11/8/2019


Los billetes de María 

(La historia completa jamás contada)

Aeropuerto de Barcelona (2019)


Por fin había llegado el día. Vamos a realizar nuestra ansiada salida de primavera, esta vez a Venecia y Trieste. Finalmente seremos doce viajeros, diez en un primer vuelo y otros dos más que se incorporarían más tarde. Casi todos mayores de 70 años pero con el espíritu inquieto i divertido de siempre.

Los primeros cuatro en llegar facturamos las maletas en la máquina automática, pasamos el control de seguridad, que a esas horas de la mañana estaba poco concurrido, y bajamos al hall de salidas a desayunar en la primera cafetería que encontramos. Dos más se juntan y hacemos nuestro pedido.

Cuando estoy empezando a degustar mi café con leche mañanero, aparecen otros dos compañeros de viaje con cara de preocupación.

– ¡María esta fuera y no puede entrar por qué no tiene el billete! – dicen, muy alterados, al alcanzar la mesa donde estamos nosotros.

– ¡Ostras, el billete lo tengo yo! – digo levantándome inmediatamente de la silla – ¿Dónde está María?

– Está con Delfín en la máquina automática de las maletas – dice Merjo.

– Voy inmediatamente a buscarla – digo mientras saco de mi bolsa la carpeta de plástico con los billetes y los bonos de hotel de María.

– Pero ¿cómo lo vas a hacer? – pregunta Luís.

– No lo sé. Ya se me ocurrirá algo. Pero no os mováis – digo de forma conminatoria, asumiendo inconscientemente el rol de monitor en funciones.

Pienso que para ir a la entrada lo que hace falta es salir primero, así que me dirijo a toda prisa hacia el hall de recogida de maletas. Lo recorro a trote ligero y paso la aduana, rápidamente porque no hay nadie más que dos guardias civiles que vigilan. Salgo doy la vuelta a la terminal y me dirijo a la entrada principal donde están las máquinas automáticas de maletas pero ¡ahí no se encuentran ni María ni Delfín! 

Lo primero que hago es, naturalmente, llamar al móvil de María. La habitual voz insípida del robot telefónico me informa que el teléfono de María está apagado. Esta respuesta podía indicar dos cosas: la primera es que María no estaba apurada, porque lo inmediato que uno hace en su situación es comunicarse con quién tiene el billete o, al menos, abrir el teléfono por si alguien la está buscando. La segunda es que sí que estaba apurada pero no relacionaba su situación con la necesidad de abrir el teléfono, ya que esperaba que alguien la iría a buscar.

Ante la duda decido llamar a Delfín para obtener más información al respecto pero no tengo su número de teléfono, por lo que procedo a llamar a alguien del grupo que probablemente lo pudiera tener. De nuevo la voz del robot me informa que el teléfono al que llamo también está apagado. Llamo entonces a otros dos compañeros de viaje y obtengo la misma respuesta por parte del robot. ¡Qué bien! Todo el mundo está ya en posición anímica de viaje y consecuentemente tienen sus respectivos móviles apagados.

Llamo a Joan que, aunque probablemente no sabría el número de teléfono que buscaba, seguramente tendría el teléfono aun encendido. Así fue.

– Joan, no los encuentro i además María no contesta al móvil. ¿Puedes pedir el número de teléfono de Delfín a alguien que lo tenga? – le dije con ansiedad contenida.

– No te preocupes que María y Delfín ya están aquí con nosotros – me contestó mientras se oía un murmullo de risas en el fondo.

– Bueno pues, ya voy para allá – contesté escuetamente, ya que no era el momento de preguntar cómo había entrado sin billete ni cómo nadie me lo había comunicado.

Vuelvo a hacer la cola en el acceso a los controles de seguridad. Por fin llego al escáner pongo la carpeta en una bandeja y paso el arco de control. Entonces suena la alarma.

– ¿ Lleva Vd. algo en el bolsillo? – me pregunta un agente de seguridad.

– ¡Ah! Pues sí, llevo el móvil – contesto metiéndome la mano en el bolsillo.

– Haga el favor de ponerlo en una bandeja – me dice parsimoniosamente – y vuelva a pasar.

Paso de nuevo y suena entonces otra alarma. 

– ¿Qué pasa ahora? – digo desconcertado.

– Es la señal para efectuar el control aleatorio de drogas, – me dice con una voz más seria – hágase a un lado. 

Primero me cachea concienzudamente y luego me restriega una cinta adhesiva por las dos manos. La pone en una máquina, el analizador, y espera la respuesta que, como yo esperaba, fue negativa. El agente me indica que puedo continuar. 

Salgo disparado hacia las escaleras que conducen al hall de salidas donde está la cafetería en la que confío encontrar a los demás que, seguro, me estarán allí esperando. Mientras bajo por la escalera me doy cuenta que, con todo este ajetreo, he recogido mi móvil de una bandeja pero no la carpeta con los billetes y bonos de María de la otra. 

Se escapan de mi boca unas cuantas imprecaciones poco apropiadas y, cuando llego al hall de salidas, cambio el rumbo y me dirijo, todo lo veloz que puedo, nuevamente al hall de recogida de maletas por dónde vuelvo a pasar la aduana sólo y rápido ya que, afortunadamente, a estas horas de la mañana no había aún tráfico de llegadas de pasajeros. De todas formas me sorprende la poca perspicacia de los guardia civiles que, pese a verme pasar dos veces sólo y sin maletas por la salida de la aduana, no me paran para preguntarme nada.

Doy la vuelta a la terminal, vuelvo a la entrada principal, paso la zona de las máquina automáticas de maletas y me introduzco en la cola del control de seguridad que, en este momento, ya es bastante larga. Cuando salgo del serpentín de la cola he de decidir a cuál escáner me dirijo, porque no recuerdo exactamente por dónde había pasado anteriormente y dejado sin recoger la dichosa carpeta. Me decido un escáner determinado y paso, esta vez, con el móvil puesto en una bandeja. No suena ninguna alarma y me dirijo a la agente de seguridad correspondiente.

– Me he dejado una carpeta con billetes y bonos en una bandeja ¿no la habrá visto Vd.? – le digo un poco ansioso.

– No. En esta linea no – me contesta.

– ¿Qué pasa cuando encuentran algo que nadie reclama al pasar? – le inquiero con suavidad.

– Pues lo llevamos a Objetos Perdidos – me dice con un cierto aburrimiento ante una pregunta tan obvia.

– ¿Y esta oficina dónde està? – digo arrastrando las palabras, pensando en qué nuevo lio me voy a meter.

La agente me indica dónde se encuentra el mostrador de Objetos Perdidos y cuál es el mejor camino para acceder. Salgo nuevamente corriendo pero al mirar hacia dónde me he de dirigir veo, sobre el escáner de dos lineas más a la derecha, una carpeta semejante a la que busco. Me acerco a la agente de esa linea y la carpeta, cada vez, se parece más a la de María.

– Esa carpeta es mía – le digo a la agente.

– Me lo tiene que demostrar – me contesta muy profesional.

– Bueno, no es mía pero tiene los billetes de María – intento explicar atropelladamente.

– A ver ¿qué hay en su interior? – me pregunta abriendo la carpeta.

– Los billetes de María…. – le doy también más detalles, la agente queda satisfecha y me da la ansiada carpeta.

De nuevo bajo la escalera y accedo al hall de salidas y busco la cafetería donde encuentro a toda la troupe viajera en animada conversación. María, al verme venir se me acerca.

– Con el DNI, en la máquina automática, me han dado los stickers para las maletas y la tarjeta de embarque, – me dice y añade – no entiendo porqué has tenido que salir a buscarme.

– ¡Ah! No lo sé….. – tampoco sé que más decirle en ese momento y le doy la carpeta.

Y, como sea que los demás siguen hablando animadamente, me voy a mi silla y me tomo mi “relaxing cup de café con leche”, naturalmente ya frio. 

Al poco alguien dice que hay que ir a la terminal porque ya es la hora. Unos dicen que es por la derecha, otros que es por la izquierda y alguno que aún es pronto para ir.

Me levanto y pienso que, todo esto, sólo ha sido un inquietante preludio de lo que puede pasar en Venecia.


Josep M. Vilà 

Agosto 2019

© Josep Vila 2020